La Luna y la IA

1. “Es una visión en 3D acompañada de experiencia personal, que nos da una interpretación mucho mejor que muchas imágenes obtenidas por sondas robóticas”. Me ha resultado gratificante que una administradora de la NASA, Lori Glaze, hiciera este reconocimiento a la mirada humana, en un momento en que parece que la IA ha de desbordar la inteligencia natural con el riesgo de dominar la experiencia colectiva, ridiculizando nuestra condición. Victor Glover, uno de los cuatro astronautas que han dado la vuelta a la Luna, a la hora del eclipse dijo: “Es la vista más extraña e irreal que hemos tenido hoy, con el resplandor de la Tierra iluminando la Luna”. Y la nave continúa su peripeci­a, que nadie podrá explicar mejor que las cuatro personas que la han protagonizado. Sin ellas habría habido unos hechos pero no una experiencia. Es decir, una realidad vivida y transmitida por seres de carne, huesos, sangre e inteligencia natural, que nos lo podrán explicar (con las limitaciones que les impongan las autoridades pertinentes, hay que decirlo, que también es condición humana) con la intensidad de la experiencia vivida. Es decir, una percepción, desde la razón, acompañada de sensaciones, sentimientos, grandezas y debilidades, que configuran nuestra especie y que la IA, capaz de generar infinita acumulación y combinación de datos, nunca podrá transmitir con la singularidad y sensibilidad que, para bien y para mal, constituye la condición humana.

El problema de la IA es precisamente que favorece a aquellos que desde el control de la información quieren desarmar la condición humana de su singularidad. Y la mejor manera de imponer un modelo es un sistema presuntamente indiscutible y perfectamente manejable por la vía de la acumulación de datos.

Cargando
No hay anuncios

2. Esta reanudación de la exploración de nuestro vecindario en el Universo, después de una larga pausa que seguro tiene razones científicas pero también políticas y humanas, coincide con el despliegue de la IA, que parece como si se pretendiera ponerla al servicio de los grandes poderes de manera acelerada para hacer de ella referente de la verdad y del conocimiento. Y emergen las primeras señales de alarma. El filósofo Éric Sadin, autor deEl desierto de nosotros mismos, ha entrado en el debate: “¿Viviremos en un mundo mejor, dicen. Basado en qué? ¿La sociabilidad, la dignidad humana, la integridad humana, la libertad de expresión de nuestras facultades? Si todo esto será destruido”. Entramos de lleno en el capitalismo de vigilancia. “Se pasan el día entero en TikTok y ya no saben ni escribir, ni recuerdan la última vez que escribieron para sí mismos”.

Nada sería más peligroso para la especie humana que la progresiva imposición de un solo relato, el de la IA, con una presunta legitimidad tecnológica. Imponer las verdades a compartir, en vez de sacar partido de la complejidad y diversidad de la especie humana. La lógica del bien y el mal es articular en la condición humana. El progreso que la Ilustración representa aún hoy buscaba el reconocimiento de la dignidad de cada persona como referente compartido. Los totalitarismos del siglo XX han hecho añicos esta ilusión. Y, sin embargo, ha subsistido la dialéctica autoritarismo/libertad que dio luz a las democracias modernas, ahora en fase crítica en un mundo en el que cada vez hay menos, y cuando incluso los Estados Unidos están siendo arrastrados al autoritarismo postdemocrático, con un claro desdibujamiento de la separación de poderes, con Trump violando permanentemente la independencia del judicial y del legislativo.

Cargando
No hay anuncios

3. A la vieja y gastada Europa le debería corresponder la defensa de los valores genuinos de la condición humana: razón, sensibilidad, percepción, voluntad, sin olvidar que siempre estamos en el territorio donde se encuentran el bien y el mal y que, por tanto, nada puede ser definitivo, que siempre debemos estar al acecho porque no hay paraíso en la tierra, porque no hay dos personas iguales, en cualquier relación hay diferencia potencial y en todos los ámbitos –familiar, escolar, laboral, social, político, ideológico– la conflictividad está latente. El gran peligro de la modernidad es dejarnos arrastrar por sus poderosas innovaciones. Y el último riesgo es la IA, un instrumento que pretende desbordar la condición humana con su inmensa capacidad de combinar datos, ridiculizando la singularidad de un ser capaz de pensar y decidir por sí mismo. La IA en el fondo es una versión laica de la imposición de la creencia. Un poder de combinatoria para minimizar la inteligencia humana, para ahogarla dándole el trabajo hecho en bruto, sin ninguna de las singularidades de la especie: deseo, precariedad, creatividad, empatía, voluntad de poder y una dialéctica viva entre el bien y el mal. Nos quieren dar todo el trabajo hecho, para hacer lo que quieran con nosotros.