La mala educación
Releyendo a Oriol Bohigas, he encontrado en los diarios una referencia a su paso por el mítico Institut-Escola. Allí explica una anécdota ilustrativa del espíritu cívico de aquella institución ejemplar que debía ser la vanguardia de un cambio educativo republicano. La dictadura se lo cargó todo. Maldita intolerancia autoritaria, que retorna... El optimismo educativo, teñido de un imprescindible velo de ingenuidad, quedó sepultado durante décadas. Pero también hay que retornar a él. Con urgencia.
La anécdota que explica Bohigas se refiere a un chico que, recién ingresado en el instituto, se le ocurrió un día escupir al suelo, en medio del patio cementado. El asunto llegó al despacho del director, el venerado doctor Estadella, que, por cierto, se sabía el nombre de todos los niños y niñas y los saludaba personalmente cada día, ahora no recuerdo si al llegar o al irse. ¿Qué hizo, Estadella, ante aquella escupida subversiva? Pues llamó a los bomberos, que tenían un cuartel al lado, para que desinfectaran todo el patio. "Todavía me parece ver las mangueras desplegadas y un desbarajuste de agua que lo inundaba todo. La lección fue absoluta y, para todos los alumnos, de una eficacia casi eterna". Y de la anécdota, a la categoría: "Una sublimación de una manera de entender la pedagogía: avergonzar por falta de responsabilidad, en vez de reñir por falta de obediencia", escribe Bohigas.
Hoy me da la impresión de que ni se avergüenza ni se riñe. Vivimos tiempos holgazanes y maleducados. Solo hay que fijarse en el presidente tertuliano Trump, un demencial charlatán, el clásico matón de patio de colegio. Ahora abusador a escala geopolítica global. Si el hombre más poderoso del mundo se comporta así, con palabras viperinas y gestos machistas de matón de barrio como con la periodista de la NBC, ¿qué podemos esperar?
Cuando hablamos de educación –y tanto como hay que hablar de ella, ¿verdad?– deberíamos ir al sentido común de la civilidad. A recuperar aquella especie de amoroso despotismo ilustrado pedagógico que impregnaba a los pioneros y pioneras de hace un siglo, o de los años 60, cuando partíamos de muy abajo y parecía que todo era posible. Deberíamos volver al ejercicio inteligente de una autoridad sabia y ponderada, pero autoridad al fin y al cabo. En la escuela y en casa. ¿Cómo nos ponemos a ello, todos juntos? Es más fácil decirlo que hacerlo, claro.
La mala educación no es solo producto de un sistema educativo en crisis, también lo es de una sociedad que ha confundido educar con sobreproteger, una sociedad poco exigente cuando se trata de los niños. No se trata de volver a ninguna dureza espartana, pero sí, por ejemplo, de tener claro el valor de un no.
Dos años más joven que Bohigas, el pedagogo Jordi Cots (Barcelona, 1927), uno de los "siete magníficos" que fundaron Rosa Sensat –también estaba, claro, Marta Mata, de quien ahora celebramos el centenario de su nacimiento y los 20 años de su muerte–, en sus memorias Una vida dedicada a los niños recuerda su paso por diferentes escuelas. No tuvo la suerte de Bohigas. Pero se las arregló y el bachillerato lo hizo, ya en dictadura, en el Instituto Balmes, el más antiguo de Barcelona, donde tuvo de compañeros desde Manolo Sacristán hasta Josep M. Castellet, y profesores como el filósofo Joaquim Carreras Artau y el traductor de Platón Jaume Olives. Pas mal. En la universidad coincidiría con Josep M. Ainaud, Josep M. Espinàs, Antoni Tàpies, Francesc Casares, Carlos Barral, Alberto Oliart, Albert Manent, Enric Jardí... Él estudiaba derecho. Años después, "a los maestros y trabajadores sociales, gente idealista la mayoría", les decía que "el derecho ayuda a comprender la realidad". Con los pies en la tierra. Nos conviene.
Por cierto, Cots y Bohigas, este al volante de un 600, un día de finales de los años 40 fueron a L'Escala a visitar a Víctor Català con Joaquim Molas y Joan Triadú, buen amigo de Cots, que además antes de pedagogo era poeta, con Hölderlin como referente. Años después Bohigas (MBM) haría el edificio de la escuela Thau, fundada por Cots y Triadú. A un Cots a quien Jaume Bofill –sí, el de la Fundació Bofill, ahora Equitat.org–, catedrático de metafísica, empujó hacia la pedagogía desde el convencimiento de que "los poetas deberían ser educadores". Y los educadores, personas que vivan la cultura. Como los que hace medio siglo fundaron Rosa Sensat. Ahora toca refundar la educación. La buena educación.