La maldición del que sabe
Aprender tiene un efecto secundario poco comentado: cuando comprendemos algo, olvidamos muy rápido cómo era no comprenderlo. El conocimiento abre una puerta y después borra parte del camino que conducía hasta ella.
Este fenómeno recibe el nombre de maldición del conocimiento. Una vez sabemos una cosa, nos cuesta adoptar la perspectiva de quien todavía la ignora. Lo que resulta evidente y ya meridiano para nosotros empieza a parecernos que ha de ser también de cajón para todo el mundo.
Un médico explica un diagnóstico utilizando palabras que emplea cada día. Un profesor avanza deprisa porque el razonamiento le parece sencillo. Un abogado redacta una cláusula convencido de que su sentido está claro. Un directivo encarga una tarea con dos indicaciones y se sorprende cuando el resultado no coincide con lo que había imaginado.
Esto pasa también a nivel personal y familiar, en casa. Alguien cuenta una historia omitiendo la mitad de los antecedentes porque los tiene presentes. Uno espera que su pareja comprenda el motivo de su enfado sin necesidad de explicarlo. Un padre ayuda a su hijo con los deberes y acaba diciendo una de las frases menos útiles de la historia de la enseñanza: "Pero ¿cómo no lo ves?"
No se trata de impaciencia. Hay una explicación muy sencilla. El experto ha organizado la información en bloques, conexiones y categorías. Ya no contempla piezas aisladas. Ve el conjunto. El principiante, en cambio, todavía intenta averiguar qué pieza va primero.
La maldición del conocimiento cuesta dinero. Muchas empresas describen sus productos desde dentro. Hablan de tecnología, procesos y características, mientras el cliente intenta resolver unas instrucciones que parecen un sudoku. Los especialistas elaboran presentaciones incomprensibles. Los departamentos utilizan siglas que excluyen a todos los demás. Cuanto más conoce una organización su actividad, más puede costarle explicarla con sencillez.
También afecta a la innovación. Quien lleva meses trabajando en una idea da por supuestos datos que el público desconoce. Después interpreta la falta de interés como resistencia o torpeza
Por eso los mejores divulgadores recuerdan las dudas que tuvieron y las convierten en el orden mismo de toda su explicación. ¡Eso sí que es maestría!
Pero hacerlo así exige un esfuerzo consciente. Hay que recuperar las preguntas iniciales, eliminar vocabulario innecesario y observar dónde se pierde el otro. Explicar bien supone reconstruir un camino que nosotros ya recorremos sin mirar.
Saber mucho ayuda a resolver problemas. Recordar cómo pensábamos antes de saberlo ayuda a explicarlos.
¡Espero haberme explicado bien!