De Manhattan a Ceuta
Han pasado veinticinco años desde aquella fecha fatídica, los escenarios son diferentes pero la perplejidad perdura y crece. El 11 de septiembre de 2001 descubrimos abruptamente dos cosas: que no hay retaguardia cuando el fanatismo impera y que el final de la historia solo era un espejismo construido por un idealismo entusiasta. De las imágenes de las Torres Gemelas destruidas hemos pasado a las imágenes de personas migrantes que entran en Ceuta, movidas por rumores planificados y una gran desesperanza. Ha pasado un cuarto de siglo entre las dos noticias y hemos intercambiado las ingenuidades decapitadas del final de la Guerra Fría por las incredulidades saturadas de las nuevas guerras híbridas. Este agosto, con los ojos puestos en la ciudad española del norte de África, hemos descubierto también dos cosas: las fronteras pueden ser muy precarias y una peculiar mezcla explosiva de cinismo, irresponsabilidad y fanatismo ha colonizado la política, sobre todo en la esfera internacional. Cuando vimos el primer avión estrellarse en Manhattan pensamos, durante los minutos iniciales, que todo aquello no era del todo real sino una película; cuando hemos visto la riada de personas entrar en Ceuta, no hemos dudado de la certeza del acontecimiento, si bien las imágenes falsas y las reales se mezclan en las redes sociales. El mundo se volvió más inseguro en 2001; ahora se ha hecho más caótico, indescifrable y explosivo. Más allá de los hechos, están las inercias que dominan ahora el espacio público de las sociedades desarrolladas: el miedo, la desconfianza, la nostalgia enfermiza y el desinterés por la verdad. Y, sobre todo, el rechazo a la política, que una parte de la ciudadanía considera “un problema”. En este teatro, los liderazgos depredadores de figuras como Trump, Putin y Netanyahu obtienen la admiración y la adhesión de los que exigen “cambios inmediatos” y “soluciones efectivas”. Son liderazgos que ofrecen un refugio plausible a un precio que muchos ciudadanos están dispuestos a pagar: seguridad militarizada a cambio de arrinconar derechos, libertades, empatía y compasión. He aquí la bandera –poco original– de los que quieren enterrar el mundo surgido en 1945.
La política convencional –capturada por gurús del relato que solo piensan en la misión electoral– naufraga ante los malestares reales y prefabricados de las sociedades volcadas a retos de largo alcance, que se interpretan en términos binarios y agónicos de pérdida y amenaza. Política convencional descuidada es la gestión deficiente que el gobierno de Pedro Sánchez está haciendo de la crisis de Ceuta, sea dicho a beneficio de inventario. Hoy todo son “desafíos existenciales”, todo pone en peligro “nuestra manera de vivir”. Un ejemplo: el malestar que la irrupción de la IA y la transformación digital provocan en millones de trabajadores es muy superior a las prédicas bienintencionadas sobre un futuro con menos humanos haciendo cosas que dan sentido a su vida y por las cuales reciben un salario. Ante esto, los partidos clásicos difunden narrativas paliativas que suenan a excusas de mal pagador. Las fuerzas de la nueva reacción, en cambio, llevan en la mano una motosierra que envía un mensaje de promesa tan drástico como atractivo. El golpe de puño fascina por su simplicidad. De Manhattan a Ceuta pasando por Gaza y por Sajonia-Anhalt. El éxito electoral del partido AfD en este estado de Alemania pone de manifiesto que la ola va fuerte, a pesar de que hace unos meses, en Hungría, parecía que empezaba el declive ultra. Este triunfo enciende todas las alarmas dentro de la UE y tiene trascendencia en todas partes. Solo hace falta ver las felicitaciones de Vox y Aliança Catalana. El discurso antieuropeísta de Alice Weidel está perfectamente conectado con la visión que la administración Trump tiene del Viejo Continente. Según la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE. UU., los “partidos patrióticos” de extrema derecha son los únicos verdaderos defensores de Europa. Este documento habla de un futuro en el que la mayoría de los europeos “no será europea” y culpa a la inmigración de la ruptura del vínculo occidental. Por eso los partidarios del trumpismo, con Elon Musk a la cabeza, sacan tajada de las imágenes terribles de Ceuta. Ahora disponen del retablo impactante que evoca la distopía con la cual aspiran a llenar las urnas y gobernar. La agenda del populismo de ultraderecha no pretende solo cambiar unas políticas por otras, tiene un objetivo más ambicioso: destruir un mundo para erigir otro (basado en la ley del más fuerte y la exclusión), a golpes de martillo si hace falta. Por eso es un suicidio que la derecha democrática vaya del brazo de figuras como Meloni, Le Pen, Farage, Abascal o Orriols. El viaje no tendrá retorno. Y también por eso se equivocan los partidos de izquierdas cuando piensan que anunciando más políticas sociales podrán detener este asedio y vaciamiento de la democracia. La manera en la que operan los nuevos partidos ultras es como la de las drogas que otorgan seguridad y claridad mientras hacen olvidar las angustias del vivir. Por eso deben ser derrotados en un terreno resbaladizo, frágil y gris, más cercano a los sueños que a los presupuestos públicos.