Somos su menú
Hace unos meses escribí aquí que los trenes de Renfe que circulan por el país cargados de tachaduras añadían el toque final de desolación colectiva que provoca un servicio abandonado en su desdicha.
Ahora hemos ido más lejos. De dejar que hagan lo que quieran con los trenes, Renfe ha pasado a dejar que hagan lo que quieran con las personas. Han dejado en tierra cuatrocientos mil pasajeros dos días seguidos. Han impedido la vida normal de todo un país con total impunidad. No pasará nada, al igual que hasta ahora nada ha pasado después de más de dos décadas de retrasos, viajes en latas de sardinas, incendios en las catenarias, huelgas de maquinistas encubiertas, pantallas sin información y estaciones con los ascensores estropeados.
Naturalmente, no pasa nada porque los problemas están en Catalunya. España puede desatender durante décadas la inversión de sus trenes en Cataluña mientras se lo gasta todo en alta velocidad, radial,por supuesto,porque los catalanes somos una estructura de estado, concretamente la que paga y calla. A nosotros sólo nos toca la discusión entre sindicatos y patronales por ver quién paga la factura de las horas que el Estado nos impide trabajar.
La caída del servicio de estos días da el tamaño de nuestro poder político. El Gobierno no tiene apenas fuerza ante Renfe, ante Adif, ante el Estado que presupuesta y no ejecuta o del ministro que repite que el tren está viviendo en España su edad de oro. Ni ese Gobierno ni ninguno de los anteriores.
El otro día, hablando de Trump, el primer ministro de Canadá invitaba a los países a vivir en la verdad y actuar conjuntamente, "porque si no estás en la mesa, estás en el menú".