Leemos en el ARA que "la segunda mujer que denunció a Íñigo Errejón, en este caso por violación, no ha ratificado los hechos ante la jueza". Su abogado dice que su clienta es una actriz "de reconocida notoriedad pública y proyección", y ha decidido actuar así -la causa se archiva provisionalmente- porque "está muy ansiosa y teme que se revele su identidad".
Es evidente que, si vas a un juicio mediático como éste, tu nombre y tu imagen saldrán por todas partes, y que tu figura como intérprete –que debería ser lo más neutra posible para la credibilidad– se descompondrá. Ir a un juicio por violación es un trance, un trauma sin precedentes. Pero no se puede no ir.
Si a esta mujer le hubieran clavado un cuchillo, le hubieran pegado en un parque, lo hubieran arrojado al mar desde el puerto o le hubieran secuestrado no se plantearía "no ir" a juicio. Iría, porque sus seres queridos y ella misma serían conscientes del terrible delito contra su persona. Sería traumático ir y señalar al culpable. Mirarle a los ojos y escuchar a su abogado defensor. Serían días y días de trauma. ¿Por qué una violación es menos que una puñalada? ¿Por qué un violador debe tener más suerte que un agresor?
Se entienden las prevenciones de la mujer, pero no pueden ser admitidas. Si lo que ocurrió fue una violación, debe denunciarse. Si esa mujer no lo hace, es banalizar la violación. Es encontrarla menos grave que otros delitos. Es, por supuesto, despertar la sospecha del montaje, de la exageración, de la perversión tramposa del lenguaje. Es dar alas a quien critica el feminismo. Para evitar todo esto es necesario, y es terrible, ir a juicio.