El expresidente español y del PP José María Aznar con el exministro del Interior Jaime Mayor Oreja
13/03/2026
Periodista i activista social
5 min

"El pasado es prólogo"
Shakespeare, La tormenta

Aunque siempre pasamos de puntillas, el pasado jueves cumplió 40 años del no catalán en la integración en la OTAN. Con un 54% de los votos. Y sí, ve qué cosas, fue un referéndum democrático en medio de una campaña oficial del miedo. Y sí, dividió la opinión de una sociedad que al día siguiente, sorpresa democrática, allí seguía, con unos y otros. Y sí, mira por dónde –y vale mucho la pena recordarlo cuando el imperio aúlla de nuevo–, supuso una inmensa movilización popular por el no. Como si fuera el último intento exhausto para probar que el espejismo de una transición democrática no se desvanece del todo por el fregadero. Resultado aparte –un no rotundo del País Vasco con el 68% de los votos y la oposición también de las Islas Canarias–, quedó un drástico resumen, una moda funesta y una práctica duradera: hacer todo lo contrario de lo que se pregonaba. "Hombre blanco hablar con lengua de serpiente", cantaba Krahe sobre Felipe. Aquel "De entrada, no" de los socialistas pasó a la antología del mercadeo político, del transfuguismo ideológico camaleónico y del paso del tiempo como único polígrafo. Supongo que no hay imagen más icónica que los mítines de los ochenta por el no protagonizados por el pacifista Javier Solana, que terminó siendo el secretario general de la Alianza Atlántica. 40 años después, ay el as, sale el senador americano Lindsey Graham, influyente peón de Trump, berreando por la no colaboración española con la guerra imperial e ilegal en Irán, recordando que antes habían sido grandes aliados. Habría que pedirle que nos aclarara qué es, exactamente, antes. ¿La guerra ilegal del avispero de Irak de la que todavía pagamos las consecuencias? ¿O habla de antes del antes? Que uno recuerde, transmitido por los abuelos de boca a oreja, la OTAN son aquellos militares que mantuvieron, legitimaron y sostuvieron el franquismo todos los años que duró. Poco que agradecer, ya lo ven. A recuento de inventario quedaría la lúcida querella que interpuso entonces Lluís Llach contra el PSOE por incumplimiento de programa electoral. El juez vino a decirle que tenía más razón que un santo y lamentaba no tener ningún marco jurídico habilitante para firmar sentencia alguna. Y eso que Llach sólo pedía una peseta de indemnización por daños y perjuicios.

Un día antes del día del párrafo anterior, el pasado miércoles, también cumplió 22 años de los terribles atentados en Madrid del 11-M. Mayor Oreja, inasequible al desaliento, no desperdició la efeméride, junto a Aznar, para ubicar la autoría intelectual "en los servicios secretos de un país vecino". Abren los ojos abrumados, porque ubica la conspiración en la masonería francesa. Sin prueba alguna, claro. La tontería solo sirve para constatar que ni las teorías de la conspiración son tan nuevas ni empezaron enloquecidas anoche. Nien, y hace mucho, en el ambiente y se han ido escurriendo como el agua. Ocurre, sin embargo, que el desprecio actual a las víctimas de la dana religa demasiado directamente con el desprecio a las asociaciones de víctimas del 11-M, y aquellos ataques malos e inmisericordes contra la dignidad e integridad de Pilar Manjón. Pero, como no siempre gana el olvido, habrá que recordar a los cuatro vientos que el último fallecimiento de ese funesto marzo se produjo en Iruña, cuando el panadero Angel Berrueta se negó a colgar un cartel en el que se culpaba a ETA de la masacre de Madrid. Quienes lo intentaron subieron a casa, cogieron una pistola, volvieron a bajar y le asesinaron. Una puñalada de un hijo y cuatro disparos de un padre. El padre que disparó era el policía nacional Valeriano de la Peña. Hijo y padre fueron condenados a 15 y 20 años de cárcel. Pronto consiguieron permisos penitenciarios atípicos e irregulares. El policía nunca fue expulsado y siguió cobrando su sueldo. Bromas de la democracia, cuando la democracia es en broma. Pero cómo cuadra todo por el retrovisor. Tanto, que por momentos parece que no hayamos movido mucho. O que retrocedamos aceleradamente.

El dilema del retrovisor –para cualquier conducción no temeraria, siempre preceptivo y recomendable– es que puedes acotar muy atrás y furetear todas las contradicciones del futuro que vendrá. A menudo debes detener la marcha y recordar respirar. El día antes del día del anterior párrafo, el pasado martes, cumplió exactamente 103 años del asesinato a sangre fría, bajo criminales rasgos patronales, de Salvador Seguí, el Chico de Azúcar, y de su inseparable Francesc Comas Paronas. Proscrito el funeral de Seguí en Barcelona, ​​200.000 personas asistieron a la despedida de su compañero, en la ciudad que hace ciudad en tiempos jodidos y en peores momentos. Coincidencias del calendario, siempre me ha parecido profético que Ovidi Montllor, rojo por fuera y negro por dentro, se marchara de vacaciones el mismo día que Seguí. Y como el retrovisor, si no se distrae, todo lo graba, pronto hará 50 años del asesinato a tiros del militante anarquista Oriol Solé Sugranyes cuando estaba a punto de cruzar la raya de una frontera pirenaica que nunca será frontera, pero que entonces lo era. A vida o muerte. El 6 de abril, sí, cumplirá 50 años de la espectacular fuga de Segovia –y era Ovidio quien hacía de Oriol en la película de Imanol Uribe, donde entonaba El rebozuelo en el comedor de la cárcel–. Al fin y al cabo, es como si el retrovisor informara puntualmente de que, en realidad y en cada paso, seguimos intentando huir. Todavía.

2025, sí, cerró con el pretendido 50 aniversario de la conmemoración de la muerte en la cama de Franco. El sustantivo es cama, no Franco. Pero releyendo Un pesar infinito, del bueno de Josep Maria Muñoz (Arcadia, 2025), pienso que, sin retrovisor, iremos cojos y ciegos, y nos olvidemos de unas cuantas cosas. Una, por ejemplo: que apenas nos dejaron volver a votar, resulta que el 75% de la sociedad catalana tumbó el franquismo electoralmente y de un solo revuelo. Espontáneo, eso, no tenía nada. La ruptura catalana, la trama de la resistencia y la red de todas las reconstrucciones, había comenzado, sin interrupciones, un oscuro 1 de abril de 1939. En medio, décadas de muchos y muchos trabajos, de picar piedra y hierro, hielo y hiel, de parchear cada harapo, de retener cada hueco. El retrovisor, que tantas veces se ensucia o se rompe, es necesario repararlo con cuidado y limpiarlo periódicamente, para no acrecentar la sensación de estar en ninguna parte, para afinar dónde estamos y para descubrir, mutatis mutandis, que los cruces contemporáneos van cargados del prólogo del pasado. El retrovisor razona con todo detalle causas y efectos, quebradizas y destrozos, páramos y exilios. Pero también, y sobre todo, escrito en el penúltimo viernes de invierno, las vías de salida, el mapa de la labor y el caldo de la esperanza. Están ahí.

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