¿Cuántos muertos de frío más se necesitan en la calle?
¿Cuántas personas más deben morir en la calle para tomarnos en serio el incremento del sinhogarismo? Llevamos unas semanas hablando más de lo habitual. Las cinco muertes de personas mientras dormían en las calles de ciudades catalanas en plena ola de frío y el evidente incremento de la problemática en los últimos tiempos están llenando páginas y minutos de televisión y radio. Pero nos escandalizamos de cómo hemos normalizado que miles de personas pasen las noches y los días al raso mientras seguimos desviando la atención de la vivienda para hablar de emergencias y para exigir a los servicios sociales que lideren actuaciones que, estrictamente, son propias de protección civil.
El principal factor explicativo del crecimiento del sinhogarismo en Europa y Norteamérica es la crisis de accesibilidad a la vivienda. Las ciudades que han experimentado mayores aumentos son aquellas en las que los alquileres han subido más bruscamente y han arrastrado los precios de otras soluciones residenciales como el alquiler de habitaciones. Lo que vemos en las calles es sólo una forma de sinhogarismo. Las camas calientes, los pisos masificados, pasar la noche en trasteros, la ocupación de locales comerciales y naves industriales en desuso… son soluciones informales a la imposibilidad de encontrar un sitio para vivir a causa de la pobreza o del racismo inmobiliario.
Y mientras el mercado de la vivienda inaccesible es el gran negocio de algunos, discutimos sobre la temperatura que debe marcar el termómetro para abrir habitaciones de literas masificadas o pabellones deportivos. Todo para ampliar unos días la capacidad de alojamiento temporal de unos servicios sociales y de unas entidades que nunca llegan a cubrir unas necesidades que se ensanchan a un ritmo del que no tenemos precedentes recientes. Y una vez estos espacios están habilitados, nos preguntamos por qué hay quien prefiere su saco de dormir o una tienda de campaña a perder su pedacito de ciudad por un techo precario y compartido que sólo durará tres o cuatro días.
Por sensata que pueda parecer la idea de que el problema se soluciona con más albergues y ampliando camas para hacer caber a todo el mundo cuando hace frío, los centros residenciales y la capacidad de ofrecer alojamiento temporal ha crecido en paralelo al aumento del sinhogarismo en casi todas las ciudades europeas. En Barcelona, entre el 2011 y la actualidad, se han triplicado las plazas que ofrecen el Ayuntamiento y las entidades sociales mientras se triplicaba también el número de personas que viven en la calle.
Ante la imposibilidad de alojar a todo el mundo, no son los servicios sociales quienes deben hacer caber a miles de personas en espacios improvisados cuando hay riesgo para la vida, porque la lógica de la ampliación puntual de recursos no funciona. Los servicios sociales deben dedicarse a la protección social y trabajar con medios adecuados todo el año. Las administraciones locales y las entidades sociales deben disponer de medios adecuados para acompañar a las personas que sufren el sinhogarismo en la reconstrucción de sus vidas. Pero para que el flujo de nuevas personas que van cayendo en la exclusión se detenga es necesario frenar la escalada de precios de la vivienda, extender el alcance de la renta garantizada de ciudadanía e impulsar políticas preventivas que requieren la coordinación entre sistemas de protección que dependen de diferentes administraciones.
Sabemos que sin cambios estructurales sobre el mercado de la vivienda quedarán personas excosas. El frío, el calor y otros imprevistos requieren medidas de protección civil que deben garantizarse a todo el mundo: a quien lleva años durmiendo en la calle, a quien se encuentra circunstancialmente ya quien está en un inmueble poco preparado para el frío. Cuando las inclemencias meteorológicas, pandemias o desastres naturales ponen en riesgo la vida de las personas no necesitamos protección social, sino el despliegue de recursos de protección civil con presupuestos propios y protocolos claros y consensuados.
No tiene sentido discutir cada invierno por las migajas que los servicios sociales pueden dedicar a ampliar temporalmente el alojamiento en espacios que no responden a las necesidades de las personas que quieren salir de la calle. Cuando la función de la actuación pública es garantizar la protección de la integridad física, no aporta demasiado mezclar dos debates que tienen relación pero que responden a lógicas diferentes: por un lado, qué hacer para reducir el sinhogarismo y, por otro, cómo proteger a todo el mundo del frío y de otras situaciones extremas y cómo incorporamos a esta protección a personas habitualmente excluidas de los servicios públicos.