Que las mujeres dejen de votar
¿Y si las mujeres dejaran de votar? Se habla de ello desde hace unas cuantas semanas: en los Estados Unidos existe un movimiento ultraconservador que lo defiende, que quiere sustituir el voto individual por un voto por familia —y ya sabemos cómo acabaría eso—. El invento se llama household voting y uno de sus principales defensores es el pastor Doug Wilson, nacionalista cristiano que defiende una transformación teocrática de los Estados Unidos. No se trata de un freak al que nadie hace caso: Wilson fue invitado por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, a predicar en el Pentágono el pasado febrero.
A su lado, empujando el movimiento, paradójicamente encontramos a muchas mujeres. Este junio, Turning Point USA (que bajo Charlie Kirk se convirtió en una de las principales redes de movilización juvenil del trumpismo) celebró en San Antonio su Women’s Leadership Summit, un encuentro para movilizar a mujeres alrededor de la fe, la familia y los valores conservadores. Participaron Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk, la gobernadora Sarah Huckabee Sanders, Riley Gaines y Savanna Faith Stone, entre otras.
En su discurso inaugural, Kirk atacó el feminismo, al cual acusó de provocar soledad, resentimiento y confusión entre las mujeres. En contraposición, ella propone una idea de mujer guiada por la fe, las responsabilidades familiares y un orden moral tradicional. Todo ello lo ampara lo que algunos llaman biblical patriarchy (la familia como estructura jerárquica en la que el marido es el cabeza y la mujer se centra en la maternidad, el hogar y el apoyo al marido) y el ya famoso fenómeno tradwife (la feminidad doméstica, religiosa y tradicional), herramienta cultural de la nueva derecha.
En la época de la posverdad, el relato les funciona porque lo encaja todo: feminismo, estado, aborto, escuela, sexualidad e igualdad de género son herramientas de una supuesta conspiración contra la familia tradicional.
El impacto no es residual. Turning Point USA asegura tener presencia en más de 5.000 campus de institutos y universidades, 8.000 iglesias asociadas, más de un millón de estudiantes miembros y más de 400 trabajadores. Su relación con el núcleo político del trumpismo es directa, especialmente con JD Vance. Y así, ideas que hasta hace poco parecían marginales y estrambóticas consiguen poderosos altavoces y grandes audiencias. Las ideas no necesitan ser mayoritarias para transformar el debate. Basta con dinamitar consensos.
Lo más inquietante del household voting no es que cuestione el voto de las mujeres. Es que forma parte de una batalla más profunda: decidir qué es una mujer, qué lugar debe ocupar dentro de la familia y qué poder político debe tener. En el fondo quieren despolitizarnos. Las mujeres jóvenes son hoy un campo de batalla para la nueva extrema derecha porque son uno de los grupos menos receptivos a votarla y mantienen actitudes sociales más progresistas. Porque, si no consigues que voten por ti, siempre puedes intentar convencerlas de que es mejor no votar.