La exconsellera Victòria Alsina con el expresidente Jordi Pujol.
19/09/2026 - 18:01 h.
Filósofo
2 min

Ahora sí, la derecha nacional catalana pasa página. Parece que la resaca del Procés se da por terminada. Si el presidente Illa captó la necesidad de distensión que había en la sociedad catalana cuando el independentismo topó con sus límites, ahora parece que el catalanismo conservador ve que ha llegado la hora de volver a configurar la dialéctica tradicional entre derecha e izquierda (con la cuestión nacional en el trasfondo), antes de que la melancolía les haga perder pie abriendo pista a alternativas fuera de su control.

La Fundación Paral·lel 41, la iniciativa que lidera la exconsejera Victòria Alsina, parece ir en esta dirección, y la acogida de su primera convocatoria, con el desfile de un número importante de personalidades de amplio espectro –político, empresarial, cultural, académico, asociativo, de la sociedad civil en general– hace pensar que va en serio. ¿Qué quiere decir esto? Por un lado, que en el entorno del nacionalismo conservador catalán hay inquietud por el estancamiento en el que parecía atrapado el espacio convergente, a la sombra de la desdibujada imagen de Puigdemont. Y que ha llegado la hora de acelerar y aparecer con perfil nuevo y con ambición para coger impulso de cara a las próximas confrontaciones.

El nacionalismo conservador no puede ir trampeando con aires de resaca. Y eso significa renovación y una nueva ambición que sepa conectar con el momento presente. Las inercias de las estructuras políticas son lentas y hay muchas fuerzas dispares que juntar (y un aparato anquilosado en Junts que no será fácil que reconozca que le ha llegado la hora de la jubilación). Y, evidentemente, construir un nuevo liderazgo no es fácil en un espacio que ahora mismo está bastante deshilachado. Pero es cierto que alguien se ha dado cuenta de que corrían un alto riesgo si se instalaban a verlas venir, con la extrema derecha nacionalista de Sílvia Orriols por un lado, con un PSC asentado en un gobierno sin estridencias (que es a la vez su riesgo y su fuerza) y con una Esquerra Republicana al acecho de lo que le pudiera caer. Hay que moverse. Seguro que no es fácil. Las burocracias partidistas suelen llevar la lentitud incorporada. Pero es de sentido común que hay que restaurar la dialéctica entre la derecha nacionalista y los socialistas que tradicionalmente ha articulado la política catalana, a la vez que es necesario que las otras fuerzas se readapten a un nuevo escenario en el que se debe pasar de las inercias de la resaca del Procés a una etapa que pide proyectos renovados, complicidades ambiciosas y solidez para afrontar la ola reaccionaria que viene de Europa y va camino de arraigar en España.

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