Pocas mujeres

Ayer una foto, y hoy, otra. Jóvenes, de entre catorce y veinte años –yo diría, adolescentes–, todos en el agua, de pie, llegando a la playa, ya tocando la arena. Todos van con peinados a la moda, de esos de dos capas, como los de los futbolistas. La mayoría van sin camiseta y muestran cuerpos delgados y fibrados. Los que sí que llevan una la han “decidida”. Son camisetas (mojadas, claro) con un dibujo, un lema, una foto. “Si muero, que me encuentren bien vestido”, deben haber pensado. Hay uno que lleva una con el logotipo de los Lakers. Otro, la equipación del Real Madrid. Algunos todavía llevan el neumático puesto, que les decíamos ayer. Un neumático que quiere ser de broma: la imitación de la rueda de un camión. Dos de ellos, y es curioso, llevan las chanclas en las manos, puestas como si las manos fueran pies. Quizás les ayudaban a nadar. Quizás las querían conservar, fuera como fuera, para no ir descalzos por la ciudad cuando llegaran. “¡Esto es muy importante; los zapatos os salvarán de la policía!”, les debieron decir los de las mafias. Hay uno que lleva el móvil en la mano y parece que esté haciendo una foto. Quizás lo mantuvo bien alto todo el rato o lo protegió con papel de plata. El móvil nos muestra Europa hecha reel, pero también es la conexión con los que se han quedado.

Se han quedado la mayoría de las mujeres. En esta foto, de gente que ha nadado, solo hay hombres. Hombres jóvenes, fuertes, ya para siempre implacables. Los viejos, las mujeres, los niños y las niñas, los gordos, los enfermos no pueden hacer lo que han hecho ellos. Cuando hablamos de la esperanza y la fe de todos estos jóvenes, nos olvidamos de ellas. A ellas, si hace falta, las llamarán. Si quieren cruzar ahora la frontera, tendrán que contar con mafias de otro tipo.