Gestionar para disimular la españolización

El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, en la primera reunión del consejo ejecutivo del Gobierno después del verano.
02/09/2026 - 18:00 h.
Sociólogo
3 min

La insistencia de Salvador Illa en su voluntad y capacidad de buena gestión del Gobierno sirve para disimular la gran misión de fondo del presidente: desnacionalizar Cataluña con el fin de incorporarla sutil y dócilmente a la nación española. Es justo lo contrario de aquello tan conocido de cuando el sabio señala la Luna, el imbécil se mira el dedo. Aquí, el presidente insiste astutamente en que nos fijemos en el dedo —no sé si haciéndonos pasar por imbéciles— con el fin de que él pueda trabajar sabiamente y sin mucha molestia en conseguir la Luna.

Se trata de una estrategia legítima en la medida en que nadie puede decir que no se conociera cuál era la verdadera ambición política del presidente Salvador Illa. Lo sabían bien quienes devolvieron el voto al PSC, perdido durante el Procés, y que había ido a parar a Ciudadanos como garantía de la españolidad de Cataluña. Que haya desaparecido el partido no significa que se haya esfumado el espíritu. Y también lo debían saber quienes hicieron posible su presidencia y gobierno. Todo para no asumir el riesgo de que, en una nueva convocatoria electoral, acabaran de perder bueyes y mulos. Además, es cierto que asegurar un buen gobierno, como el que quiere Illa, sería una muy buena manera de reforzar un proyecto que tiene una vocación histórica. También en su momento el independentismo pretendía demostrar que con un buen gobierno “de la República” —¿alguien se acuerda de aquella retórica?— se legitimaría la opción secesionista. Y ni una cosa ni la otra.

Ahora bien, sin entrar en disquisiciones esencialistas sobre qué es ser catalanista, lo que está claro es que hay un giro radical con relación a lo que había sido la tradicional estrategia del catalanismo político resignado. Así, de querer catalanizar España con el fin de encontrar el mejor encaje posible, Illa se propone hacerlo, pero españolizando Cataluña. Se trata de que España pierda el miedo a una cierta —o incierta— catalanidad y que los catalanes se sientan cómodos con la españolidad. No diré que sea un objetivo fácil, porque el anticatalanismo y la catalanofobia españolas tienen un largo recorrido histórico que costará de borrar. Y porque el independentismo, también con unas largas raíces, tampoco será fácil de arrinconar del todo, por horas bajas que ahora pase.

El espacio en el que la resistencia al proyecto político de Salvador Illa se hace especialmente diáfana es allí donde la identificación política se expresa más abiertamente y clara, precisamente porque se enmascara de manera sistemática que lo sea, de política. Hablo, naturalmente, del deporte y, particularmente, del fútbol: de hacer del Mundial —también aquí— un foco de patriotismo tan exacerbado como popular; de cómo las aficionesreciben a los jugadores catalanes en muchos estadios, de cómo la policía española identifica una estelada como un gesto de odio reprimible, o aún del retorno —por un día— de las esteladas a las gradas. Todo hace patente la descarada dimensión política del deporte, como ya lo habían mostrado unos sociólogos escoceses para todo el ámbito europeo en Sport and national Identity in the European Media (1993), entre los cuales el amigo Hugh O'Donnell de la Glasgow Caledonian University. Aquí y en todas partes, las políticas mediáticas de identidad nacional y sus combates no se dan tanto en la información política como en las páginas y programas de deporte.

En cambio, el horizonte del presidente Illa tiene un recorrido más plano en el ámbito del discurso institucional y en los medios de comunicación —públicos y privados— que se sienten tranquilos con su proyecto político. Lo vemos en la recepción de la idea de ir a celebrar este año el Onze de Setembre a Extremadura y cada año a una comunidad autónoma diferente. Es una propuesta brillante a la hora de hacer visible esta búsqueda —si no obsesiva, obstinada— de hacerse querer —y perdonar— en España. El objetivo lo ha hecho explícito el mismo presidente en la entrevista de El Periódico: agradecer allí la contribución de los extremeños de aquí a la sociedad catalana y, de paso, poner el foco en los vínculos entre territorios para subrayar “aquello que nos une”. Dicho y hecho: la nación española. Un proyecto españolizador, el de Illa, también explícito cuando nuestro gobierno es de los primeros en ofrecerse a contribuir generosamente a resolver la crisis migratoria de Ceuta, gesto justificado con buenos argumentos humanitarios, pero indiscutiblemente orientado a mostrarnos más solidariamente españoles que nadie.

No se puede negar ni menospreciar el olfato y la habilidad política del presidente Salvador Illa. Querer superar aquel insatisfactorio y viejo relato resignado de la conllevancia por uno que prometa superar la desconfianza y buscar la concordia, en una sociedad desorientada y moralmente débil como la nuestra, es una apuesta ganadora. Y, sin embargo, si no lo ayudan los hechos...

stats