Musk, Piketty y los luditas
Barcelona"Los pobres han entendido muchas cosas", dijo el Papa en Canarias el mismo día que salía a bolsa Space X y que Elon Musk se convertía en el hombre más rico de la historia. Lo que no sabemos es qué ha aprendido humanamente el sudafricano. Solo la velocidad y el vértigo de los cambios que nos están atravesando explican que el desconcierto que vivimos no explote. En España, el desconcierto político convierte a un papa en un referente moral en un Congreso de los Diputados envenenado por la polarización y que lo aplaude unánimemente durante siete minutos. Cada uno dispuesto a utilizarlo a su manera. Es el mismo desconcierto que convierte a Musk, un desequilibrado de manual y con nula capacidad humanista, en otro referente de los tiempos.
Entrevisto al economista Thomas Piketty con la curiosidad, el interés y también la prevención con que se visita a un teórico, un académico brillante, que podría estar lejos de la práctica política, de aquello que es posible. Sus propuestas para tasar las fortunas desorbitadas necesitan una gran concertación sobre los valores del mundo en que queremos vivir. Piketty tiene razón cuando advierte que el verdadero poder económico está en manos de pocas personas que no tienen ni los valores ni los criterios que les puedan convertir en vectores del bienestar colectivo. La transformación social no les preocupa más allá de los cambios tecnológicos y su avaricia.
Piketty no está solo en la advertencia de que las tecnológicas se están convirtiendo en un riesgo para la democracia. No solo por la concentración descomunal de riqueza sino también por la extracción que hacen de muchos sectores económicos. También en el sector de la información, y no se puede olvidar que no hay democracia sin prensa libre.
El papel de la prensa
A.G. Sulzberger, editor del New York Times, advirtió hace unos días en el congreso de WAN-IFRA (la asociación mundial de editores de prensa) sobre la relación entre inteligencia artificial, grandes tecnológicas y periodismo. Su tesis central no es contraria a la IA: defiende que los medios pueden y deben utilizarla de manera responsable, ética y siempre bajo control humano. Pero distingue claramente entre usar la tecnología y aceptar que las compañías de IA construyan sus productos apropiándose del trabajo periodístico ajeno sin contrapartidas.
Sulzberger acusa a las grandes tecnológicas de estar llevando a cabo un “robo descarado de propiedad intelectual”. Las empresas de IA toman artículos, investigaciones, libros, música, imágenes y otras obras creativas para entrenar sus modelos y alimentar sus productos sin permiso ni compensación suficiente. Lo que Silicon Valley llama “datos”, advierte, no son datos neutros: son el resultado de años de reporterismo, edición, verificación, inversión, talento y riesgo profesional.
En una imagen de Sulzberger, las tecnológicas “explotan las webs de noticias como si fueran una mina”. Es decir: extraen valor del trabajo de los medios, lo reempaquetan en respuestas generadas por IA y luego retienen al usuario dentro de sus propias plataformas. En la primera era digital, Google y las redes sociales podían, como mínimo, enviar tráfico a los medios. En la era de los chatbots y de las respuestas directes, este intercambio se rompe: la información se utiliza, pero el lector ya no llega necesariamente al medio que la ha producido.
Las compañías de IA necesitan talento, computación, energía y contenidos. Pagan por los tres primeros elementos, pero pretenden obtener gratis el cuarto. De aquí su acusación de que están adoptando una “postura más abiertamente parasitaria”: se alimentan del periodismo y de la creación humana.
Democracia debilitada
El problema no es solo económico. También es democrático. Si la IA captura el valor del periodismo sin retornar nada a quienes lo producen, habrá menos corresponsales, menos periodismo local, menos investigaciones, menos cobertura de guerras, menos control del poder y menos información fiable. La democracia necesita instituciones capaces de verificar hechos, investigar abusos y construir una realidad compartida. Si estas instituciones se debilitan, el espacio público queda más expuesto a la propaganda, la manipulación y el ruido.
Muchos medios aceptaron demasiado fácilmente el dogma de Silicon Valley según el cual “la información quería ser libre”. Pero olvidaron que debía ser cara porque es valiosa. Producir información fiable cuesta dinero: requiere periodistas, editores, abogados, corresponsales, fotógrafos, tiempo, seguridad y una estructura profesional capaz de responder por lo que publica.
Durante demasiado tiempo, muchos medios persiguieron algoritmos ajenos: adaptaron titulares, ritmos y prioridades a Google, Facebook y las redes sociales. En este proceso, a veces se favoreció el clic rápido, la agregación, la opinión barata o el contenido pensado para complacer a las plataformas, en detrimento del periodismo original y distintivo.
La prensa también debe adoptar la IA, pero bajo reglas propias: con criterio editorial, transparencia, supervisión humana y una idea clara de qué tareas se pueden automatizar y cuáles pertenecen al núcleo insustituible del periodismo.
No se trata de nostalgia por el viejo negocio de la prensa, sino de una batalla por el poder: ¿qué queda de la democracia si el periodismo deviene simple materia prima gratuita para las máquinas.