Nadie es más catalán que nadie?
1. Como la vida vuela, ya hemos celebrado cincuenta Diadas en democracia y hemos escuchado cerca de una cuarentena de mensajes televisados del presidente de la Generalitat. La conmemoración del 11 de septiembre de este año, sin embargo, no pasará a la historia. El discurso de Salvador Illa, tampoco. En la línea de un gobierno injertado del tono presidencial, fueron seis minutos de argumentos de perfil bajo, relleno de buenas intenciones, dosis lógicas de sentido común, un vacío entrenado y pare de contar. Si me tuviera que quedar con una sola frase de todo lo que dijo Illa, la tendría clara: “Nadie es más catalán que nadie”. Me hizo pensar. ¿Es verdad que nadie es más catalán que nadie? ¿Da igual de dónde venimos? ¿No depende ni de las derechas, ni de las izquierdas? ¿Ni de la religión o de la integración? ¿No depende de las banderas que colgamos (o ya no colgamos) en el balcón? ¿Ni del idioma que hablamos? ¿Ni de los goles que celebramos en la calle? ¿Ni de si sabemos, o no, quién era Mossèn Cinto? ¿Ni de si tenemos sintonizada TV3? O de si no hace falta tenerla en el mando porque hay un 30% de catalanes (que no son menos catalanes que nadie) que no la miran nunca, por principios. Dicho de otra manera y para continuar con el símil, ¿“nadie es más español que nadie”? Para ser de un lugar, más allá de que te atiendan en cualquier hospital público, quizás te tienes que sentir de allí. Este sería un criterio posible. Cada uno puede responder a esta pregunta que ha surgido a raíz de la afirmación de Salvador Illa.
2. Los mensajes de confianza colectiva del presidente encajan mucho con su talante de comer poco y digerir bien, pero no cuadran con el verano que hemos vivido. Nos ocultaron que Cataluña había sido excluida del informe PISA por una chapuza insólita y empezamos el curso con una huelga de maestros que el Gobierno no supo resolver mientras los alumnos hacían tres meses de vacaciones. No supieron ni organizar una operación retorno, mínimamente ordenada, la noche del eclipse total. No avisaron de las lluvias torrenciales de Vendrell que, además de la muerte de dos mujeres, pusieron en riesgo la vida de cien personas en una discoteca y muchas más en un camping. Semanas después, todos a correr con un ES-Alert equivocado, que no adivinó ni las comarcas, ni el horario de las lluvias, ni la intensidad de la tormenta. Un parche preventivo de la consejera Parlón que no podía tapar otro fracaso: la dimisión de Trapero como director de los Mossos. Collserola, mientras tanto, continúa cerrado por una peste porcina africana que se arrastra durante todo el año y que, a este paso, se cargará antes los negocios de la zona que las reuniones de jabalíes. ¿Continuamos? ¿Hablamos del desastre permanente de las ayudas a la dependencia, que ha denunciado la actriz Assumpta Serna?
3. Y llegamos al quid de la cuestión: la lengua. En la semana de la Diada, Plataforma per la Llengua ha salido a denunciar el engaño que está siendo el Pacto Nacional por la Lengua. Un año y medio después de su implantación, solo se han ejecutado el 38% de las medidas previstas. Nos quejamos de que de las inversiones que el Estado debe hacer en Cataluña, en infraestructuras, por ejemplo, siempre se lleva a cabo un porcentaje muy inferior al que se había presupuestado, pero resulta que cuando solo depende de nosotros tampoco ponemos en marcha todo lo que se había previsto para un tema nuclear como es el uso social del catalán. El Pacto Nacional por la Lengua no puede quedar en la enésima operación de maquillaje del Gobierno de turno. Da rabia, porque en este Pacto se trabajó mucho, el diagnóstico era acertado y, por una vez, había presupuesto para hacer muchas cosas. De momento se han hecho pocas, el proyecto ha perdido impulso y el catalán está donde estaba. O peor, porque van pasando los meses y todos aquellos catalanes que son tan catalanes como el que más ni lo usan, ni tienen ningunas ganas, ni ninguna necesidad. Y quien día pasa, pronombre pierde.