El niño vestido de luto

Ayer enterramos a un tío de 94 años y el repaso de las primeras líneas de su biografía es un recordatorio estremecedor de lo cruel que llegó la vida de los niños y jóvenes nacidos hace algo menos de un siglo.

Su madre y dos hermanas murieron de enfermedades que hoy se curarían fácilmente, por lo que Jaume subió sin madre y fue esa criatura que sale a las escasas fotos de la época vestido de luto, como era costumbre. No había salido de ese drama familiar que estalló la Guerra Civil, cuando él tenía siete años. Tuvo que andar a escondidas toda la noche y atravesar la frontera de Andorra para escapar de las amenazas de muerte que pesaban sobre la familia, y ya nunca volvió a vivir a la casa donde nació. A él ya todos aquellos niños y niñas les tocó vivir los peores años de la historia contemporánea del país, y se hicieron adultos antes de tiempo a base de odio, violencia y privaciones afectivas y materiales, como las que hoy vemos en Gaza o en Ucrania, y de todo tipo de limitaciones y prohibiciones que continuaron durante todos los años de racionamientos y fusilamientos durante su juventud.

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Con los años contaban todos estos desastres con naturalidad, como el que explica una peripecia continuamente accidentada pero desde de la tranquilidad, cuando el peligro ya ha pasado, con un pie a la clara conciencia del valor de la vida y de las cosas y otro a las ganas de pasar página, de entender el mundo y las generaciones que suben y tratando de no quedar atrapados en resentimientos amargados. Son actitudes que merecen un reconocimiento por su nobleza y un agradecimiento admirado.