No hace falta hablar
Leo una entrevista “con sustancia”, de las de Trini Gilbert en el ARA, en la truchería Flash-Flash, con Karin Leiz, diseñadora y escritora, viuda del fotógrafo Leopoldo Pomés, que fue cofundador del restaurante. La que es madre del querido Poldo Pomés dice: “Aprendí a cocinar yendo a mercado y escuchando lo que la gente decía”.
Viendo los reportajes —me encantan— del diario sobre las nuevas tendencias en arquitectura, se observa que las cocinas ahora son abiertas y asépticas. No están preparadas para “elaborar”, sino sobre todo para calentar al microondas. Un plato preparado, el táper de mamá, unas palomitas para ver una peli. No hace falta que haya paredes, porque no se estará haciendo un cocido toda la mañana. En cambio, puede haber un sofá, para hacer un picoteo. Los platos que se cocinaban antes ya solo son interpretaciones y reinvenciones en algunos restaurantes. Y así, pues, no hace falta ir al mercado. Pedir carne picada aquí y allá para hacer albóndigas aquí y allá es un tiempo que no podemos perder. Si queremos hacer albóndigas compraremos una bandeja, ya hechas, en el súper. Con porexpán debajo y plástico encima. Para comprarlas —junto con un bote de tomate, una bandeja de calamares limpios, una bandeja de verdura variada “para sofreír” y un bote de caldo de pescado— no hace falta hablar con nadie. No hará falta decir ni “buenos días”. Solo coger, coger y coger, que hay de todo y si se acaba ponen más. Solo en caso de que tengas un problema en la caja rápida, donde todo te lo haces tú mismo, podrás gruñirle a la empleada que trabaja de ayudar: “¡Se me ha atascado!” Y ella cogerá la bandeja (esta de cartón) de los tres aguacates, uno maduro a punto de pudrirse y dos verdes y duros como piedras (siempre es así), y la volverá a escanear. No hará falta ni sonreír.