Leemos un artículo en el ARA sobre la nueva normativa que impide fumar en las terrazas de los bares, los campus universitarios y los festivales de música. La gran foto que ilustra el artículo, de Júlia González Grego, nos muestra tres seres sentados en una terraza fumando. Estos tres seres, que se intuye que son miembros del colectivo, discriminado, de la guirior, no es lo peor que hacen. Uno de ellos se ha quitado los calcetines (le deben sudar los pies). Con esto quiero decir que si al de los calcetines le viene el camarero y le dice que no fume, se la sudará, si se me permite el juego de palabras veraniego. En los campus y en los festivales de música la cosa será todavía peor. ¿Quién dirá a estudiantes (y profesores) que no fumen en el césped? ¿Quién impartirá justicia? ¿Unos motoristas con unas chaquetas negras donde ponga “Ángeles Vaporesos”?
Muchos de los jóvenes que conocemos no beben alcohol y refrescos “para no engordar” y no fuman “por salud”. El alcohol de alta graduación con bebidas azucaradas engorda mucho, es cierto. El vino o el espumoso engordan muy poco, pero quien quiere un “efecto psicotrópico” no elige estas bebidas elegantes y pausadas, que la OMS, en cambio, equipara de forma totalmente ridícula con el alcohol de alta graduación. El tabaco es, en general, incompatible con la práctica deportiva, es cierto. Entonces, en los festivales de música, en las discotecas, lo que hacen los jóvenes es beber agua. ¿Agua sola? No, con drogas sintéticas, que no engordan, dicen, son psicoactivas, y no hacen que te ahogues por falta de aire a la hora de bailar, dicen. Los efectos a medio plazo para el cerebro (problemas de concentración, de memoria, psicosis...) les son exactamente iguales, porque los treinta años les quedan muy lejos. Me molesta el tabaco en un recinto cerrado, pero lo puedo soportar en un recinto abierto. Solo quiero decir, con esto, que cuando se prohíbe una actividad “divertida”, rápidamente se sustituye por otra.