No vengáis a Barcelona
No, no, no… Nos multiplicamos como clones del Dr. No. Él acaba ganando y James Bond queda condenado a vivir en una tienda prisión, en una mazmorra de PVC o en un calabozo de nilón. Los No ahora ya empiezan la noche de Fin de Año. En medio de la borrachera de felicitaciones. Como quien no quiere la cosa, pero la quiere, en aquellas horas emotivas, líquidas, patéticas, fracasadas: ¿sabes de algún piso para el niño, la niña, o el marsupial?
No. No hay pisos para toda la chiquillería que ahora van a estudiar a Barcelona a las universidades. No. Los precios del alquiler están por los estratocúmulos, nimboestratos, cirrocúmulos… Y otros familiares de contacto y trato inaccesible. No. Difícil decir sin telescopio, pero como aconsejó el administrador de fincas celestiales: todo está por hacer y todo es posible. De golpe nos elevamos a los 1.800 euros al mes. Sube, sube… Hasta 2.300 (Segre citaba un informe del Deutsche Bank poniendo la cifra como media para los pisos de tres habitaciones en Barcelona) y lo que el idealismo interestelar y los extraterrestres permitan. El pollo es de altura. Hemos pasado del vuelo gallináceo al vuelo sideral.
Desde los inicios de los tiempos los estudiantes “de comarcas”, como si fueran comandos terroristas, compartían piso en Barcelona. Estas acciones armadas provocaron las mejores fiestas de la historia de Cataluña; el despertar sexual para poner a prueba el aislamiento de las habitaciones; congresos vanguardistas sobre la sociedad líquida y las resacas sólidas; el surgimiento de la nueva cocina catalana hecha de congelados; búnkeres de secretos; amigos para siempre; líos; matrimonios; divorcios; nacimientos; resurrecciones… Cataluña es un incesto. Los pisos de estudiantes eran Cataluña en miniatura: chavales de todo el país, y más allá, se encontraban, se relacionaban, se contaminaban… Fueron el Ministerio Real de Reequilibrio territorial y emocional. Aquí se cambiaba todo. Sobre todo el futuro.
El no future de los niños de los setenta, ochenta, no era entonces: es ahora y es para sus hijos. Hoy es imposible venir a estudiar a Barcelona y poder vivir allí. Por los precios, la falta de pisos, porque no quieren estudiantes… Por todo. Pronto habrá anuncios de alquiler de baldosas solo aptas para microbios con referencias de microorganismos superiores. El futuro es vivir dentro de edificios de ladrillos perforados; residencias de latas con sardinas; vestíbulos de madrigueras; váteres de hormigueros… Todo es posible y todo está por hacer. Y se conseguirá como todo sueño hecho de realidad.
Anunciarán la buena nueva los carteles inmensos, relucientes, en las entradas: “No vengáis a Barcelona”. Es el mensaje. Es lo que quieren. Sobre todo si sois “del territorio”. No se os ocurra poner los pies en la ciudad. Catalans go home. En casa, fuera, iros, largaos, marchaos… Pero ya puedes silbar si el Cobi no quiere ver, pero sí que se dedica a beber.
Todo esto hace mucho y mucho tiempo que pasa. Lo vemos, lo sabemos, lo explicamos (el 17 de agosto de 2025 lo repetía en el artículo “Per què no van a Barcelona?”). Porque “Lo que importa es mantener los ojos bien abiertos y esforzarse en el amarguísimo ejercicio de ver las cosas tal como son”, escribió el poeta de Lleida Màrius Torres. Que también compartió piso cuando vino a estudiar medicina a Barcelona en 1926. Hoy no podría. Pero es que hoy nadie sabe quién es él. Quiénes son los Torres. Barcelona está construida, históricamente, por las personas del resto de Cataluña. Son los primeros inmigrantes. Los que hoy expulsa la ciudad de la mala leche.