Cualquier política conducida desde la nostalgia está condenada al fracaso. Constatamos la tentación de la nostalgia en toda Europa, también en Cataluña. Es una forma de huida de la realidad y no es una actitud exclusiva de las formaciones de ultraderecha. La paradoja es que esta deriva nos llega cuando el presente pide más capacidad de repensar los cambios, para evitar que el futuro devenga solo amenaza y miedo. Y toca repensar porque es momento de reconstruir. Llega la hora de una política de reconstrucción. Sin solemnidades, pero con compromiso, con vocación de conjurar la mezcla de irracionalismo y fatalismo que abona el campo de la antipolítica y, a su vez, de las opciones populistas y reaccionarias.Vivimos en procesos de desánimo colectivo y malestar democrático que reclaman combinar autocrítica, escucha y reforma. Autocrítica de algunas premisas que han fundamentado las políticas básicas hasta hoy, escucha de la ciudadanía que expresa diversas formas de desafección hacia las instituciones, y reforma decidida de aquellos ámbitos donde los problemas exigen cambio de enfoque, no solo verter más recursos. A partir de aquí, tendremos que asumir el riesgo de la reconstrucción, especialmente en dos frentes que se solapan.En primer lugar, una reconstrucción nacional, indispensable después de la etapa del proceso soberanista, cerrada en falso mientras no se pueda preguntar nuevamente —sin porrazos— qué quiere la ciudadanía. Pero la Cataluña de hoy no es la de la posguerra civil, ni la de los años ochenta, ni siquiera la de los Juegos del 92 o la de los hechos del 2017. Tres asuntos que forman parte de la agenda diaria lo ponen de manifiesto claramente: vivienda, modelo económico y lengua. El mundo de Jordi Pujol y de Pasqual Maragall —por decir los dos líderes catalanes más importantes de la segunda mitad del siglo XX— ya no existe, ni volverá. Continúa siendo básico asumir el marco de “Cataluña, un solo pueblo”, pero esto no puede servir para dejar de analizar las grandes transformaciones sociales que nos interpelan.
Además, el escenario post-Procés ha coincidido con la emergencia de problemas que denotan un desgaste de materiales sin precedentes desde 1980; las protestas de maestros, médicos y campesinos son solo la punta del iceberg. Sobre una capa de impotencia va sedimentando una sospecha generalizada que desemboca en una lejanía creciente del ciudadano respecto a las instituciones de autogobierno. También respecto a la misma idea de la política como herramienta de transformación. No es anecdótico que, según el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión (CEO), el principal problema que menciona la población sea el acceso a la vivienda (28%) mientras que el último lugar del ranking lo ocupan las relaciones Cataluña-España (2%), a pesar de crecer seis puntos el apoyo a la independencia. Y esto conecta con la segunda reconstrucción que, de una u otra manera, exige esta época. Me refiero a la reconstrucción de la confianza en la política. Las averías del circuito democrático son evidentes y su acumulación tiene un impacto altamente desmoralizador, al tiempo que provoca reacciones de todo tipo que van de la desconexión a la rabia. Los datos del CEO señalan que la insatisfacción con la política es el cuarto problema de la ciudadanía (8%), solo por detrás de la vivienda, la inmigración y la inseguridad ciudadana. El sentido común nos dice que revertir este panorama pasa por la ejemplaridad, la honestidad, la empatía, el rendir cuentas, más severidad contra corruptos y corruptores, la eliminación de muchas burocracias y más diálogo real ante las protestas ciudadanas. Pero no es una tarea fácil. Porque la decepción social no proviene solo de aquello que no funciona. Hay que tener en cuenta la pérdida de prestigio de la verdad, que va ligada a la exaltación de la arbitrariedad y al declive de los valores ilustrados. De aquí proviene que el mapa de los consensos mínimos haya desaparecido y, entonces, la política aparece como un simple teatro de la fuerza, un circo que funciona al margen de la vida de cada uno. He aquí la lección inquietante que nos ofrecen Trump y sus émulos. Nuestra condición de catalanes nos obliga a repensar todo esto, pero también lo hace nuestra condición de europeos. Las grietas y debilidades de la UE son considerables, sobre todo ante el papel de China, Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, solo a caballo del ideal —crítico pero firme— de una Europa unida y más democrática tiene sentido la reconstrucción catalana, si queremos reflotar la esperanza. Y si queremos conjurar los fantasmas de una patria residual, marginal y prisionera de la fábula folclórica de un pasado siempre mejor que el incómodo presente.