Un nuevo sistema sanitario catalán
La sanidad catalana está en crisis y se enfrenta a una serie de retos genéricos importantes: el cambio climático, la globalización, las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, además de algunos más específicos como la insuficiencia presupuestaria, la falta de personal médico y de enfermería y los cambios demográficos.
Cataluña es uno de los países con mayor esperanza de vida y, al mismo tiempo, tiene una mortalidad por encima de la natalidad; es decir, un crecimiento vegetativo negativo. La combinación de una alta esperanza de vida, una baja mortalidad y una baja natalidad lleva a una población altamente envejecida. En 30 años, el porcentaje de población de 65 o más años superará el 30% y, de éstos, los de 80 o más años se acercarán al 40%. No es una novedad, pero es una tendencia persistente y con consecuencias importantes para el sistema sanitario: más fragilidad, incremento de enfermedades crónicas y pluripatologías, mayores niveles de dependencia, mayor demanda asistencial y de apoyo social...
Al mismo tiempo, Cataluña crece en población. Ya no somos los 6 millones de los ochenta: hemos sobrepasado los 8 millones. Y esto gracias a la inmigración. Se calcula que en 2039 seremos más de 9 millones.
Así pues, tenemos dos patrones que conllevan dos realidades aparentemente contradictorias: envejecimiento y crecimiento poblacional simultáneos, ambos con impacto en la demanda sanitaria y también en el gasto.
En el fondo, nuestro sistema sanitario sigue basado en el esquema de los años ochenta, pero todo el entorno ha cambiado. Partimos de una infrafinanciación crónica y las perspectivas políticas, sociales y económicas hacen pensar que las prioridades futuras no pasarán por reforzar el estado del bienestar. Por otra parte, existe una insuficiencia de profesionales sanitarios, especialmente de médicos y enfermeros. Incremento de la demanda y la falta de personal significa saturación. Y, por cierto, la inteligencia artificial puede ser de gran utilidad, pero no hace milagros. Es un complemento, no un sustituto.
Hay que impulsar políticas que generen salud, es decir, más "salud en todas las políticas". ¿Cómo dijo la exministra de sanidad de Canadá Monique Begin: "¿Qué sentido tiene curar a las personas y enviarlas de nuevo a las condiciones que las enferman?" Son los determinantes sociales.¿Cuándo se entenderá lo tan antiguo que "prevenir es mejor que curar"? Alguien dijo que, más que sistemas de salud, teníamos sistemas de enfermedad, puesto que están orientados hacia el cuidado de las enfermedades y no hacia su prevención y promoción de la salud.
Hay que tener en cuenta que la salud humana está fuertemente condicionada por la salud animal y la salud ambiental: hablemos de "una sola salud". Más salud pública, en una sola frase. Es necesaria una atención primaria que incorpore un mayor componente social y un enfoque comunitario. Cambiar el nombre de las cosas y añadir la palabra integral no es suficiente.
Es necesario un trabajo conjunto de la atención primaria, los servicios de salud públicos y los servicios sociales bajo una sola estrategia y un solo liderazgo. Es necesario repensar el papel de los hospitales comarcales: un hospital ya no es un lugar con camas para ingresar pacientes, sino una concentración de recursos especializados, tecnológicos y humanos, con gastos elevados y complejidad creciente. El paradigma de un hospital a 30 minutos es poco realista y lo que es peor: no garantiza la adecuada calidad asistencial. No todo puede hacerse cerca de casa.
Hay que admitir que los centros sociosanitarios y las residencias deben cambiar. Hace varios años sus usuarios jugaban al dominó y leían; ahora llevan sueros y mascarillas de oxígeno. Si hay que atender a personas enfermas, son necesarios perfiles de personal distintos de los actuales, más profesionalizados. Habrá que crear nuevas complicidades. Y todo ello bajo una nueva gobernanza con participación decisoria de los entes locales, la comunidad y los profesionales, además de las administraciones pertinentes.
Plantear una reforma del sistema sanitario no sirve: si bien hay que seguir pidiendo más dinero y más profesionales, no podemos fiarlo todo a la consecución de estas demandas. El sistema necesita un nuevo modelo que, además de establecer unas líneas rojas de no retroceso en temas de universalidad, accesibilidad, participación y calidad, mejore los niveles de satisfacción de usuarios y profesionales. Y sobre todo: un sistema que se dote de una gran flexibilidad, que comporta autonomía de gestión y más y mejor comunicación y empatía. Por cierto, más autonomía de gestión no quiere decir "Espávilate como puedas".
Hay que empezar a trabajar por un gran pacto nacional para un nuevo sistema sanitario. Ya llegamos tarde.