OCDE: después del informe, ¿qué?

Cuando en enero de 2025 el presidente Salvador Illa anunció que firmaba un acuerdo con la OCDE, la reacción fue de mucha reticencia. El contexto no ayudaba en absoluto. Veníamos de un informe de expertos del propio país que había quedado como un diagnóstico más. ¿Qué podían decir de nuevo unos expertos internacionales que nosotros no supiéramos? Tampoco ayudaba la imagen que la OCDE tiene en educación, a pesar de que quienes la hemos conocido por dentro sabemos que hay vida más allá de PISA. Sus revisiones de políticas educativas incorporan de manera sistemática objetivos de equidad, inclusión, calidad pedagógica, liderazgo y bienestar, y se basan en un amplio proceso de consulta con los actores del sistema. Otra cuestión –son críticas fundamentadas– es el coste que tienen estos informes.Ahora que ya tenemos el informe de la OCDE, conviene inteligencia para sacar el máximo provecho de esta colaboración. De entrada, es positivo situar el sistema educativo de Cataluña en el mapa y disponer de un informe como los que tienen Escocia, Gales y Quebec. También sería bueno que la consejera de Educación fuera invitada a la Cumbre Internacional sobre la Profesión Docente de la OCDE, el principal foro mundial sobre políticas docentes, que reúne anualmente a ministros de Educación y líderes de los sistemas educativos de referencia. El Reino Unido lleva representantes de los gobiernos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte.Conviene hacer una lectura pausada del informe y huir de los titulares reduccionistas. Sorprende que, a menudo, todo se haya reducido a un debate sobre ratios. Porque el mensaje de la OCDE es otro, y mucho más profundo. El informe Mejorar los resultados de aprendizaje en Cataluña no busca una causa única ni ofrece ninguna receta milagrosa, sino que cambia la pregunta: invita a dejar de pensar solo en qué reformas queremos impulsar y a concentrarnos en la capacidad real del sistema para hacerlas posibles.Esta mirada es especialmente relevante para Cataluña. Durante las últimas décadas hemos aprobado leyes, decretos, marcos curriculares y programas; hemos incorporado conceptos como equidad, inclusión, competencias y autonomía de centro. Pero demasiado a menudo hemos confundido la decisión política con la transformación real, como si una reforma ya existiera cuando se ha publicado en el DOGC. La pregunta decisiva es otra: ¿qué pasa después? ¿Qué pasa cuando una política llega a los servicios territoriales? ¿Quién acompaña a los equipos directivos? ¿Cómo se construyen las capacidades profesionales necesarias? ¿Cómo sabemos si aquello que hemos diseñado llega realmente a las aulas? ¿Qué hacemos cuando descubrimos que no llega?La OCDE pone el dedo en la llaga cuando habla de coherencia, coordinación y capacidad de implementación. La idea ya aparecía hace una década en el informe Sistemas educativos que aprenden: un horizonte estratégico para Cataluña, que elaboré por encargo del Consejo Superior de Evaluación del Sistema Educativo de Cataluña. Las tendencias internacionales eran claras: los sistemas que obtienen mejores resultados no son los que acumulan más reformas, sino los que aprenden de la evidencia, de la experiencia de las escuelas, de sus profesionales y de los errores cometidos. Aprenden porque disponen de espacios de confianza y de una gobernanza capaz de dar continuidad a las políticas más allá de los ciclos electorales.

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La contribución más valiosa del informe de la OCDE es recordarnos que Cataluña no necesita partir de cero. Disponemos de muchas de las bases institucionales, profesionales y políticas necesarias para avanzar. El reto no es crear nuevas estructuras ni sumar iniciativas, sino dar sentido, coherencia, dirección y recursos a las que ya existen.Hace años que sabemos que el liderazgo educativo es uno de los factores con más impacto en la mejora de las escuelas. Sin embargo, continuamos manteniendo direcciones con poco margen para configurar equipos, excesivamente cargadas de tareas administrativas y sometidas a cambios constantes de prioridades. ¿Cuál es la primera recomendación de la OCDE? Reforzar el liderazgo, un ámbito en el que parece que vamos hacia atrás.Lo mismo ocurre con el desarrollo profesional docente. La OCDE recomienda establecer unos estándares profesionales y un acompañamiento a los docentes los primeros años. ¿Qué ha pasado con el marco de competencias docentes que elaboramos un grupo de expertos? ¿Adónde ha ido a parar el impulso del Sensei? Disponemos de servicios territoriales, redes, formaciones y estructuras de apoyo, pero ¿qué modelo compartido las orienta? ¿Cómo se conectan? ¿Qué impacto tienen en las prácticas de los docentes y en el aprendizaje de los alumnos? Sin una visión coherente, el riesgo es multiplicar actividades sin construir capacidad profesional.La evaluación también nos interpela. La activación de la Agencia de Evaluación abre una oportunidad importante, pero ¿queremos una evaluación orientada al control o a la mejora? ¿Queremos generar informes o conocimiento útil para la toma de decisiones? ¿Estamos dispuestos a garantizar su independencia?Las grandes transformaciones educativas no dependen solo de las ideas. Dependen de la capacidad de sostenerlas en el tiempo, construir instituciones sólidas, generar confianza, mantener prioridades compartidas y convertir las buenas intenciones en prácticas cotidianas. Por eso la parte más importante del informe no es la que se ha presentado estos días. La parte más importante comienza ahora. El diagnóstico es valioso, pero el éxito dependerá de cómo la OCDE asesore y acompañe la segunda fase. Sobre todo, dependerá de que todos los actores del sistema educativo –Gobierno, Parlamento, patronales, sindicatos, universidades, movimientos de renovación pedagógica, colegios profesionales, entidades educativas y centros– asumamos la responsabilidad compartida de hacer posibles las mejoras que propone.