Oh, Canadá

Empezamos la semana afirmando que la democracia debe detener a Trump y terminaremos de la misma manera. No será fácil, porque ahora ya sabemos que el trumpismo no se acaba en Trump ni en las extravagancias y los abusos de autoridad de un presidente grosero y megalómano: el trumpismo es un plan para establecer un orden autoritario que funcione internamente, dentro de EEUU, pero también en todo el mundo occidental. Un plan pensado para ser hegemónico durante muchos años en adelante. No es una amenaza coyuntural, sino estructural y con proyección en el tiempo.

La pretensión del trumpismo es dar respuesta a la famosa frase de Gramsci, que planteaba un desafío: "Lo viejo no acaba de morir, y lo nuevo no acaba de nacer". Pues bien: el actual presidente americano, con su lógica de magnate de la construcción llevada al paroxismo, y su séquito de jóvenes ultraliberales formados en escuelas de negocio (y de algún petimetro con autoodio de clase, como Vance) pretenden acabar de extinguir el viejo orden mundial e instaurar uno nuevo. Es una enorme ambición, como suelen ser las ambiciones de los órdenes totalitarios. Y concuerda bien con algunos de los compañeros de viaje que coinciden en el poder con Trump en ese momento de la historia, singularmente con Putin y Xi Jinping.

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Trump acudió a Davos a crispar y desestabilizar aún más la política global con su repertorio habitual de provocaciones y aparentes delirios (hubo varios momentos de su discurso que fueron ciertamente incoherentes). De todas formas, por si quedaba duda alguna, la verborrea de Trump en Davos sirvió para aclarar que, para él, el enemigo a abatir no son los narcos latinoamericanos ni los gobiernos teocráticos como el de Irán: son las democracias occidentales y la Unión Europea. Por eso son valiosos, en estos momentos, los gestos y las palabras de los dirigentes que se atreven a volverse contra las pretensiones imperialistas de esos EEUU que tienen los agentes de ICE sembrando el pánico entre la población y que un día secuestran al presidente de Venezuela y al día siguiente afirman que quieren anexionarse de Groenlandia por No Truch.

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, realizó una intervención especialmente lúcida en el mismo Fórum de Davos, haciendo autocrítica ya la vez plantando cara al trumpismo. Señaló las debilidades y las hipocresías del orden liberal establecido después de la Segunda Guerra Mundial (lo describió como "una ficción útil") y, a la vez, hizo un llamamiento para que las "potencias medias" (como Canadá) abandonen las comodidades que esta ficción les ha proporcionado a lo largo de más de medio siglo y abanderen la construcción de superpotencias. He aquí un buen punto de partida para Europa: es necesario reorientar a la Unión Europea como una "potencia media" capaz de establecer alianzas sólidas con países democráticos y fiables (Carney se afanó en presentar a Canadá como tal), prescindiendo de la intermediación y la tutela de EEUU caragirados como un Janus adverso.