Un turista fotografía una de las siete estatuas colocadas en varios puntos de Barcelona por los premios Goya.
03/03/2026
Periodista
2 min

Todavía me resuena laAmigos para siempre que cerró la gala de los Goya, celebrada en Barcelona el pasado sábado. Que, cerca de treinta y cuatro años después de los Juegos Olímpicos, Barcelona no tenga nada más nuevo que ofrecer cuando habla con toda España por la tele y tenga que recurrir a la nostalgia de un tiempo extraordinario pero pasado hizo aún más evidente el propósito institucional nada disimulado de convertir la noche de la industria cinematográfica ystar systemhispano que compartimos en una forma banal de echar tierra sobre tantas diferencias no resueltas dando a entender que, si no lo están, el abrazo fraternal es el camino, porque la falsa ruta ha quedado abandonada para siempre.

La amistad pide un plan de igualdad que en las relaciones jerárquicas Catalunya-España no existe. Incluso en el supuesto de que los años del Proceso no hubieran existido, aquí estaría Cercanías para recordarnos cómo le importa al Estado nuestra movilidad. Le importa exactamente lo mismo que nuestro bienestar, medido en el nivel de asfixia fiscal que lleva décadas dañando nuestros servicios públicos. Y, por supuesto, los amigos no se preguntan lo que pone en su DNI ni se muestran intolerantes con la lengua del otro.

Ha pasado mucho tiempo desde lo que pudo ser y no acabó siendo. Tampoco el mundo tiene que ver con el del 92. El bloque occidental miraba la caída del imperio soviético como el final (feliz) de la historia. Es en Barcelona donde Sudáfrica volvió a competir en unos Juegos después de más de treinta años de estar vetada a causa del apartheid, y Europa se integraba en Maastricht. La angustia que vivimos por la escalada de la guerra en Irán ahorra cualquier comparación con el presente. La fiesta hace ya muchos años que acabó.

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