Es hora de hablar seriamente de la escuela. Queda mucho trabajo por hacer. De hecho, ahora empieza la tarea importante. Si, en efecto, tal como dijeron el viernes los docentes que se manifestaron, las protestas "no eran por el dinero", toca entrar a debatir a fondo los problemas del sistema. Hoy en el diario damos voz a los expertos. Todos abogan por cambios valientes. Por un nuevo pacto educativo. Por devolver la esperanza a la escuela. Y queda claro que el dinero no lo arregla todo.
Sin embargo, no se puede obviar que el Gobierno, de dinero, ha puesto mucho sobre la mesa para los maestros y la educación, unos incrementos que comportarán una notable mejora salarial y la contratación de más profesionales. Habrá que ver cómo se afrontan a partir de ahora las probables y legítimas reclamaciones de otros colectivos de la función pública –empezando por el sanitario–, y tocará analizar cuáles son los niveles de remuneración en cada sector, y qué diferencias hay entre los que trabajan en la administración y los que lo hacen en el ámbito privado. No es un tema menor. El dinero siempre es escaso, y cuando tiras de la manta por un lado alguien pasa frío. La mejora de la financiación de la Generalitat, imprescindible, si finalmente llega, puede ayudar, claro. ¡Pero atención!, los presupuestos siempre quedarán cortos.
En cualquier caso, en lo que respecta a la educación hay que dar de una vez por superada la conflictividad laboral. Ya no hay más margen para la negociación centrada en la competición sindical. Los sueldos en educación ahora estarán en la banda alta estatal y bastante por encima del sueldo medio en Cataluña, y no se puede obviar el hecho de que pocos profesionales de otros sectores tienen tantos días de vacaciones.
Es el momento, pues, de abordar lo que preocupa, o debería preocupar de verdad, a todos –familias, estudiantes, maestros y profesores, Gobierno, expertos, sindicatos–: la calidad de la enseñanza. En esta cuestión hay un triste consenso general: el nivel ha retrocedido, el ambiente se ha enrarecido, la confianza está por los suelos. La complejidad social se ha trasladado a las aulas y ha desbordado a los profesionales y al sistema. Es perentorio, y debe ser prioritario, un replanteamiento general, sin miedo. Con autocrítica por todas partes; por parte de la administración, sí, pero también de los profesionales de la enseñanza y de las familias. Hasta ahora hemos ido sobrados de crítica y muy carentes de autocrítica. Sin la implicación sincera y reflexiva de unos y otros no será viable un cambio de rumbo.
Qué problemas hay que abordar? Pues desde el evidente incremento de la diversidad en el aula –hay que preguntarse sin tapujos si la escuela inclusiva ha llegado a su límite– hasta el choque entre equidad y excelencia, pasando por la necesaria autonomía de centro –es preocupante que los pactos hayan debilitado el rol de los directores a la hora de elegir profesionales con perfiles concretos– y por la formación de los profesionales. En cuanto a los recursos, el café para todos seguro que no funciona: no es lo mismo, por ejemplo, un centro de alta complejidad que una escuela rural. También hay que abordar el lío de los métodos –hay mucha desorientación– y la a menudo falsa dicotomía entre tradición e innovación, y en paralelo, el rol que deben tener las herramientas digitales y la inteligencia artificial. Y, todavía, el papel de las familias y la apertura de la escuela a su entorno. Y podríamos seguir.
Todo esto solo se puede hacer con diálogo, sin la presión vaguista. El objetivo: alcanzar un pacto educativo que dé estabilidad y esperanza, y que suba el nivel general.