La desproporción cada vez más llamativa entre la magnitud de guerras como la de Ucrania y la ausencia de imágenes del conflicto no parece derivar de un único factor. En cualquier caso, hay que tener en cuenta, entre otras cosas que no vamos a desarrollar aquí, la confluencia del nuevo puritanismo con la inmadurez emocional de una parte en apariencia significativa de las generaciones más jóvenes. La combinación ha terminado creando un ecosistema comunicativo donde la guerra se convierte en un relato higienizado, filtrado y, en última instancia, desconectado de su naturaleza devastadora. En cambio, y también en clave neopuritana, cuando los conflictos bélicos se plantean en términos infantiles de transgresión/castigo, las imágenes previamente pasadas por la criba de la corrección política abundan.
El nuevo puritanismo —que no es moralista en el sentido estricto del término, sino sólo estético y emocional— impone una suerte de aversión colectiva a todo lo que pueda resultar demasiado intenso, demasiado real o demasiado incómodo. Las plataformas digitales, que hoy son el principal canal de información entre los jóvenes, operan bajo criterios que penalizan la violencia explícita, no tanto por motivos éticos como por miedo a perder anunciantes o generar rechazo. Sin embargo, este neopuritanismo no busca proteger la dignidad de las víctimas, sino sólo preservar una experiencia de usuario —por decirlo con ese anglicismo que ha hecho fortuna— supuestamente "segura". Se trata de desterrar cualquier imagen que pueda romper la ilusión de un mundo controlable, amable y cuqui. El resultado es una guerra sin muertes visibles que existe sólo como narrativa de videojuego o de serie de ficción, no como realidad física sanguinolenta, sucia y con muchas moscas.
A todo esto se le añade la inmadurez emocional de chicos y chicas que han crecido en entornos altamente mediatizados, aunque sorprendentemente poco confrontados con la dureza real, realísima, del mundo. Incluso la pornografía acaba formando parte de ese universo estilizado. Han sido educados en la inmediatez, en la gratificación constante del gomet, en la protección frente al mínimo malestar, y tienden a reaccionar con rechazo o saturación ante imágenes que reclaman reflexión y responsabilidad moral. Esta inmadurez no es culpa de nadie en concreto, desde luego, sino consecuencia de un modelo cultural que ha convertido el malestar en tabú y sus consecuencias en patologías inventadas. En este contexto, mostrar la realidad de una guerra equivale a romper un pacto implícito: el de no exponer a nadie a emociones que no pueda gestionar de forma instantánea.
La combinación de estos dos factores genera un círculo vicioso. Como el público se escandaliza —o lo hace ver— frente a duras imágenes, los medios las evitan. Puesto que los medios las evitan, el público pierde aún más la capacidad de comprender la guerra como un fenómeno real y espantoso. Y como la guerra se percibe de manera abstracta, resulta más fácilmente instrumentalizable. La distancia emocional entre la sociedad y el conflicto crece, disminuyendo así la presión necesaria para exigir responsabilidades, para buscar soluciones o simplemente para entender las consecuencias concretas de decisiones geopolíticas abstractas. Todo esto tiene implicaciones profundas y de largo recorrido. Una sociedad que no ve la guerra no puede entenderla, y una sociedad que no entiende la guerra es más vulnerable a la manipulación, la indiferencia y la deshumanización.
Es probable que algunas de las imágenes más escalofriantes jamás publicadas en Europa en tiempos de paz fueran las de la tragedia del camping Els Alfacs del once de julio de 1978. Fue una decisión radical de la revista Interviú. Yo acababa de cumplir 14 años y las recuerdo perfectamente. Por suerte, algo así ahora resultaría impensable. Aquellas imágenes de verdadera pesadilla no tenían ninguna justificación informativa y vulneraban preceptos éticos elementales. El accidente de un camión cargado de propileno sufrió terribles consecuencias, 215 muertos, pero, al fin y al cabo, fue eso: un accidente fortuito. Una guerra no es en modo alguno un accidente fortuito. Es el resultado de una decisión premeditada que afecta a la vida de personas inocentes. Por tanto, el dilema no es mostrar o no mostrar imágenes violentas —esta perspectiva inmadura y neopuritana ya no tiene justificación racional alguna—, sino si estas imágenes contienen elementos que ayudan a entender, o no, una situación determinada y, en consecuencia, permiten tomar decisiones políticas que no deben ser a la fuerza agradables. Hay que hablar más de la inmadurez generalizada. Ahora mismo cuenta muchas cosas. Demasiado y todo.