Operación Rufián: una opa a Comuns

Los medios de comunicación españoles —mucho más los madrileños que los catalanes— han dado un protagonismo inusitado a la posible configuración de una nueva acción de unidad de la izquierda más allá del PSOE, uno más de los procesos unificadores que siempre acaban con fragmentación, pero esta vez atribuyendo el liderazgo político a Gabriel Rufián. El hecho paradójico de que un independentista catalán vinculado a ERC activase la operación ha generado mucho morbo en la capital, donde, por lo visto, han descubierto un gran atractivo político y comunicativo en el diputado catalán, el cual se ha dejado querer en este nuevo papel; un nuevo papel que, por impostado, resulta muy poco creíble. Aunque en la dinámica parlamentaria y política actual predominen las performances y las gestualidades extremas, hay muchas más cosas a considerar. Si se trata de ocurrencias, seguro que el portavoz de ERC tiene un gran lugar en el escaparate. Por suerte, todavía se necesitan otras virtudes, dimensiones y calados.Gabriel Rufián siempre me ha parecido un personaje de las novelas de Juan Marsé que ha aprendido a moverse muy bien entre una gente que no lo considera socialmente de los suyos. En sus inicios como político resultaba un poco patético, aprovechó la singularidad que significaba ser un castellanoparlante independentista en tiempos del Procés, y mostraba formas abruptas y limitaciones sin complejos. De las apariciones parlamentarias exóticas y extemporáneas ha pasado a actuaciones comunicativamente más elaboradas, todo manteniendo el atractivo de la simplicidad. Los medios madrileños han comprado unas groserías y salidas de tono que han devenido atractivas para la izquierda más o menos acólita, pero también para una derecha a la que el personaje le divierte y que, de hecho, le parece una rémora encantadora de un independentismo ya poco relevante o poco amenazador. Es un ejemplo de político bastante actual: poca formación, escaso bagaje, no ha gestionado nada, no elabora ningún proyecto de ley ni, de hecho, hace mucha vida parlamentaria más allá de sus preparadas intervenciones semanales en el pleno y sus tuits diarios. Un político de la postpolítica, en la que todo se ha reducido a frames mediáticos y frases en las redes que se puedan retuitear. Del independentismo arrogante ha pasado a cultivar un discurso más social y de izquierdas para agradar cada vez más a los políticos y votantes de la izquierda a la izquierda del PSOE y, especialmente, al mundo de Podemos, espacio con el que siempre ha flirteado. No nos engañemos, sin embargo. Rufián es una imagen, una dimensión comunicativa, pero no un líder de ERC. No tiene un sector detrás más allá de Joan Tardà, y su dependencia y vinculación con Junqueras ha sido siempre absoluta.Nadie se puede tomar en serio un acuerdo de toda la izquierda no socialista española articulada por ERC y liderada por Rufián. No lo cree Junqueras ni tampoco el mismo Rufián, aunque en algún momento pueda haber parecido que se había mimetizado en este papel. El votante de Esquerra no lo entendería, como tampoco el votante de la izquierda posmoderna española. Ha servido para mover el árbol y, si se ha ido demasiado lejos —como ahora parece—, Junqueras puede quemar a su acólito como si fuera un fusible, acusándolo de haberse adentrado en una aventura personal. Desde el principio, esto ha sido una gran operación pensada para conseguir el espacio de Comuns, para poderlos acusar de no haber estado a la altura de una unidad que el país requería. La operación, además, requiere que el espacio de esta izquierda se haga el harakiri potenciando ERC, a pesar de ser obvio que estamos hablando de electorados que poco tienen que ver en cuanto a cultura política, especialmente cuando pasamos de la ciudad de Barcelona al interior del país. En Esquerra han pretendido ampliar su ámbito hacia “la izquierda”, sabedores de que perderán una parte del votante independentista al cual, con sus contradicciones, han abocado a depositar su frustración en el partido de Silvia Orriols. El intento de apropiación de un espacio progresista que les era ajeno se completaría con una maniobra de imagen destinada a potenciar Podem en Cataluña, grupo minoritario que todavía disputa terreno a Comuns, de la mano de un personaje político que suele crear más aversión que simpatía como es Irene Montero. En un procedimiento de ocupación y división del contrincante siempre juega un papel la figura del “desertor”, papel que parece haberse otorgado al exdirigente Xavier Domènech, que fue el candidato más votado en unas generales y a quien no se le puede suponer ninguna ingenuidad política, pero que parece querer contribuir a dibujar el camino hacia una Esquerra convertida en “casa grande” de las izquierdas no socialistas. Visto desde fuera, resulta bastante sorprendente que algunos elementos de Comuns parezcan jugar con esta operación, pensando en las elecciones municipales. Quizás me lo miro muy equivocadamente, pero, aunque la política puede hacer extraños compañeros de cama, no veo cómo casar la cultura política de ERC con la de la izquierda alternativa, los esbarts dansaires y el movimiento okupa. Hay sumas que no suman.