Organización Internacional de la IA
Una especie de tormenta perfecta se está apoderando del mundo: los precios de la gasolina suben como nunca (lo que significa que todo subirá todavía más) y en cuestión de cuatro días ha aumentado exponencialmente el miedo a que la inteligencia artificial se descontrole y nos mate a todos (y que, de paso, hunda los trabajos, las bolsas y el Partido Comunista Chino).
La guerra de Ucrania está disparando el precio del diésel. En los Estados Unidos, de 3,72 dólares el galón hace seis meses a 6,23, de media, ayer. Por eso Trump ha tenido la desfachatez de pedir a Ucrania que no ataque las refinerías rusas, obviando que su guerra en Irán, que va más atrás que adelante, ha causado efectos similares en el precio del petróleo en todo el mundo. Si algo no perdonan los estadounidenses a sus presidentes es tener que pagar más dinero cada vez que van a poner gasolina, y a un mes y medio de las elecciones de medio mandato, Trump ya no sabe cómo ponerse. Hace apenas cuatro días los reñía diciéndoles que la seguridad bien valía pagar unos dólares más en las gasolineras. Solo los incondicionales narcotizados del mundo trumpista paralelo le pueden comprar tantas tonterías.
Mientras tanto, ahora casi todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que la IA puede ser una amenaza existencial. Claro que si un invento nos ataca debe ser mala praxis de los inventores, que no lo protegen lo suficiente de probables malos usos o de órdenes incorrectamente dadas. Todos los intentos multilaterales de prevención han topado con el hecho de que no pueden entrar en una empresa privada de otro país y detener una investigación. ¿Tendremos que ir hacia una Organización Internacional de la IA, como ya ocurre con la energía atómica? Porque el pánico de estos días tiene fundamentos reales: todo lo que técnicamente se puede hacer, se acaba haciendo. Aunque acabe con la propia vida.