De Ormuz a Tarragona
Los petroleros que salieron del Golfo Pérsico antes de la guerra llegan ahora a puerto. Es decir: el peor momento en cuanto a la disponibilidad de hidrocarburos aún está por llegar. Pero la disrupción no será permanente. Por una razón paradójica. Las bolsas de EE. UU. han tocado esta semana el nivel máximo de su historia. Los mercados financieros le están diciendo a Trump que quieren paz y que pare la guerra. Es un mercado que Trump puede manipular con triquiñuelas para beneficio propio, pero difícilmente para que le animen a guerrear si no quieren. Son sus amigos y se han expresado con claridad. Aun así, el momento es peligroso. La tentación de la huida hacia adelante estará ahí. Pero creo que lo entenderán los dirigentes persas, fanáticos pero no estúpidos, y que en un período relativamente breve se llegará a un entendimiento que permita cantar victoria a ambas partes. Pienso que incluirá un Ormuz abierto.
Ahora bien, las implicaciones para el futuro de los hidrocarburos en la economía del mundo serán importantes y permanentes. Se ha hecho aún más evidente que a los imperativos descarbonizadores de la crisis climática se suman, en particular en Europa, los derivados de la geopolítica y la necesidad de autonomía estratégica. El petróleo hay que transportarlo desde regiones inseguras (Oriente Medio) o políticamente hostiles (Rusia o, ¡ay!, EE. UU.). La descarbonización, imparable pero ralentizada por los nuevos retos del mundo, recibe ahora un empuje desde estos mismos retos. El proceso de ganar independencia del petróleo será gradual, pero se acelerará y es previsible que haya decantaciones decisivas: más renovables, más motor de baterías y menos de combustión (y, por lo tanto, menos biocombustibles), más aceptación de las nucleares, más interconexiones, una política más decidida de promoción del hidrógeno verde, etc.
Concreto lo que acabo de describir en la realidad del conglomerado industrial químico de Tarragona, el más grande de España. Emilio Palomares, director del Instituto Catalán de Investigación Química (ICIQ), a quien debo las ideas que siguen, hace tiempo que nos avisa que su futuro se ensombrece. Por una parte tenemos, como el resto de Europa, la creciente competencia china. No es el tema de este artículo, pero diré que si China quiere mantener el acceso a los mercados europeos tendrá que contener su furor exportador. La protección por aranceles no es deseable. Perjudica a los consumidores y fomenta la ineficiencia, pero Europa no puede renunciar a la posibilidad de adaptación competitiva de su industria química.
Por otra parte, tenemos el reto de la descarbonización, cuya centralidad ha aumentado con la guerra del Golfo. Señalo tres aspectos:
1. La existencia del conglomerado, y su ventaja competitiva hasta ahora, se debe a la accesibilidad a la fuente de energía. La industria ha crecido alrededor del puerto por donde llega el petróleo. Con la descarbonización se pierde esta ventaja. Con las renovables, la ventaja competitiva –respecto, por ejemplo, a Aragón– radica en una inversión acumulada de gran magnitud y todavía lejos de la obsolescencia. El puerto para la energía renovable puede no ser marítimo y venir de tierra adentro. Pero será un suicidio anunciado si, como Mar Reguant nos explicó en estas páginas (¿Qué más tiene que pasar?, 12 de abril), vamos obstruyendo con la mejor de las intenciones los proyectos de generación o de transporte de energía limpia.
2. La disponibilidad de hidrógeno verde es indispensable. Pero las políticas de promoción (Valles del Hidrógeno) están encalladas. La cancelación reciente del proyecto de Lhyfe de una planta de hidrógeno verde en Vallmoll, a pesar de recibir una subvención elevada para la construcción, es indicativa: no tenía clientes. No era viable si el precio tenía que cubrir el coste. Europa tendrá que dar más peso a la introducción del hidrógeno verde como se hizo con las renovables de sol y viento: subvencionando el precio hasta que las economías de escala reduzcan el coste.
3. Los programas de descarbonización incluyen la captura de CO₂ en el punto que lo generan procesos químicos inevitables. Si la industria responde a la altura de la exigencia, esto comportará la adopción de tecnologías de captura de CO₂. Es alentador que una colaboración del ICIQ, de Eurecat, de la URV, de la industria y de entes del territorio esté impulsando, con apoyo público y privado, un proyecto de exploración y test de diferentes tecnologías de captura de CO₂, con instalación de plantas piloto en las empresas. Es una magnífica iniciativa tecnológica y una oportunidad importante, en el contexto europeo, de contribuir desde Cataluña al desarrollo de estas tecnologías clave.