Una OTAN sin Estados Unidos
Imaginemos que la OTAN es una comunidad de vecinos de tres chalés con piscina, jardines, pistas deportivas y un sistema de seguridad caro. Tres grandes propietarios pagan las cuotas principales: Estados Unidos, Europa y Canadá.
En cualquier comunidad de vecinos los gastos se reparten por metros cuadrados. Aplicado a la OTAN, sería el criterio de superficie: Estados Unidos, Europa y Canadá tienen extensiones territoriales prácticamente iguales. Un tercio de los metros cada vecino. Como los coeficientes. El problema es que buena parte de esta superficie canadiense es tundra y hielo (aunque ahora todo el mundo se esté despertando de repente con el Ártico y Groenlandia), lo que convierte este criterio en técnicamente absurdo.
El segundo criterio sería la población: quien tiene más gente utilizando los servicios más paga. Europa sale aquí claramente por delante, con más de la mitad de la población del bloque, por delante de Estados Unidos y un Canadá demográficamente muy pequeño. Pero la defensa no se presta persona a persona, ni se mide por densidad humana, sino por capacidad de disuasión, tecnología, industria y logística. Tampoco ese criterio se utiliza en la práctica.
El tercer criterio es el que realmente se aplica, en defensa y economía: el PIB. Es decir, pagar según lo ganado. Bajo este criterio, Estados Unidos representa el 58% de la riqueza del bloque, pero aporta un 65% del gasto militar total de la Alianza. Pagan más de lo que les correspondería.
Desde ese punto de vista, Donald Trump tiene razón. Ahora bien, Estados Unidos controla los principales sistemas de mando y comunicación, alojan bases, deciden prioridades y venden una parte sustancial del armamento que compran sus aliados. Sacan un rédito.
¿Qué pasaría si se va de la OTAN? Europa podría defenderse sola de Rusia, pero necesitaría dos o tres años para unificar doctrinas distintas y cadenas de mando fragmentadas. Y esto conecta con una cuestión política de fondo. O Europa avanza de verdad en unión fiscal y de gobierno o acepta resignarse a la irrelevancia. Con veintisiete estados miembros, procesos de decisión lentos y competencias clave descentralizadas, la arquitectura actual no sirve para este nuevo esquema mundial.
El mensaje de Trump debería leerse como una advertencia. No porque tenga toda la razón, sino porque el contexto ha cambiado. O Europa empieza a parecerse en serio a Estados Unidos de Europa, también en defensa, o dentro de diez años no tendrá ni voz, ni voto, ni seguridad propia. Esta vez no es retórica. Esta vez va en serio.
O eso, o llegamos a un acuerdo para Groenlandia. Que quizás tampoco nos irá mal.