¿Es el fin de Palestina?

En Cisjordania no está pasando nada nuevo. Lo nuevo es que ya casi no se disimula.

Mientras la atención internacional se concentra en Gaza (¡y eso con suerte!), el mapa de Cisjordania sigue transformándose. No con bombardeos masivos, sino con decisiones administrativas, registros de propiedad, ampliaciones de colonias, nuevas infraestructuras. Es una política menos espectacular, pero igual de decisiva.

La medida para registrar tierras palestinas como propiedad estatal israelí no es un tecnicismo jurídico. Es una declaración de permanencia. El derecho internacional concibe la ocupación como temporal. Registrar tierras como propias implica actuar como si esa temporalidad hubiese terminado. Implica convertir control en soberanía.

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Durante años se habló de anexión como una posibilidad futura, como el escenario que llegaría si la extrema derecha lograba imponer su agenda. Pero la anexión llevaba tiempo produciéndose de facto, en lo que muchos han denominado una ‘realidad de un Estado’ en vez de una realidad de apartheid. La expansión de asentamientos, la fragmentación territorial, la creación de un régimen legal dual no eran anomalías. Eran piezas de un proyecto coherente.

Reducir todo al 7 de octubre simplifica demasiado. La devastación de Gaza no explica por sí sola lo que ocurre en Cisjordania. Más bien se inscribe en una lógica anterior, sostenida durante décadas: desposesión progresiva, fragmentación del territorio palestino, consolidación de control irreversible sobre la mayor parte de la tierra.

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El Área C, que representa la mayor parte de Cisjordania por decisión de los Acuerdos de Oslo que demasiados añoran, ha sido el espacio clave de esa transformación. Allí se concentran los asentamientos y el control efectivo israelí. Convertir ese control en inscripción registral es dar un paso más en la misma dirección. No cambia la lógica. La formaliza.

Se sigue invocando la solución de los dos Estados como horizonte diplomático. Pero la viabilidad material de ese horizonte, si es que alguna vez existió, depende del territorio. Sin continuidad, sin acceso a recursos, sin control efectivo, la idea de un Estado se convierte en abstracción. La anexión no necesita proclamarse oficialmente si el terreno ya ha sido reorganizado de manera irreversible.

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La comunidad internacional reacciona con condenas previsibles. Sin consecuencias reales, esas condenas funcionan casi como parte del paisaje, y se han convertido en uno de los pilares del teatro del proceso de paz. El mensaje implícito es claro: el coste es asumible.

El problema nunca fue solo Gaza ni empezó en octubre. Pensarlo así permite tratar cada escalada como un episodio aislado. Mirar Cisjordania hoy obliga a reconocer una continuidad histórica más incómoda. No estamos ante una ruptura, sino ante la consolidación de un proyecto colonial que hace tiempo dejó de ser provisional. Si nada cambia, no será por falta de información, sino por una decisión política de mirar cómo se transforma una realidad sobre el terreno sin alterar las relaciones que lo hacen posible.