Este papa no es para mí
Los informativos no hablan de nada más: pronto vendrá el Papa. Los ciudadanos que pagamos nuestros impuestos le pondremos una alfombra roja porque eso de bendecir la nueva cruz de la Sagrada Familia se ve que es muy importante. Llega un hombre, un simple hombre, a quien millones de personas tan humanas como él suponen algún tipo de poder más allá de los que tenemos el resto de terrícolas y la ciudad debe rendirse a sus pies. Será que necesitamos siempre tener a alguien a quien adorar: Bad Bunny, Rosalía, el Papa, Lamine Yamal. El Papa, por cierto, desmiente del todo aquel supuesto de las teorías de la deconstrucción del género según las cuales un macho que lleva faldas y vestidos es la antítesis del poder patriarcal y resulta subversivo y no sé cuántos inventos más que debemos a la también venerada, casi santificada, Judith Butler. De hombres con túnicas hay un montón que, por desgracia, no suponen ninguna subversión de los mandatos performativos adjudicados a su sexo (porque los mandatos son para nosotros) ni, por supuesto, constituyen ningún tipo de oposición al orden misógino. Más bien al contrario, si pienso en hombres que no llevan los pantalones resulta que se trata de santos varones con un poder de lo más masculino: obispos, imanes, curas, monjes de todo tipo.
Vendrá, pues, este señor con tantos brazos y piernas como todos nosotros (si es que no esconde alguno bajo la casulla almidonada) y tendremos que comérnoslo con patatas cada vez que pongamos el telediario. No sé dónde queda lo que me enseñaron en la escuela: que en una democracia la religión debe dejarse en el ámbito privado y los ciudadanos debemos regirnos y organizarnos según la razón y las leyes que surjan de nuestra propia soberanía. Como barcelonesa ya les digo yo que no me sentiré muy soberana cuando vea el séquito del jefe de un pequeño estado mandado por señores recibidos como se recibía a los reyes absolutos. Este país tan pequeño, que determina las políticas de potencias mucho más grandes, parece habitado por una mayoría de hombres y las mujeres que hay no sabemos muy bien para qué están. Encima se trata de un régimen en el que la mayoría de los señores deben ser célibes (solo un dios que odia a los hombres les puede prohibir disfrutar de los placeres de la carne; solo un perverso profundamente perturbado puede inventarse la castración voluntaria; luego dicen que el islam es violento). Dios me libre de poner nunca los pies en un lugar tan extraño, y menos aún de tener tratos políticos o recibir a su jefe con todos los honores.
Yo entendería la importancia que se le da a la visita del Papa si aquí hubiera millones de católicos apostólicos y romanos, de los que comulgan día sí día también, y confiesan los pecados y creen en la Santísima Trinidad y la Inmaculada Concepción y toda esa cosmogonía indigesta imposible de tragar si no te han lavado el cerebro desde pequeño, pero es que resulta que de creyentes cada vez hay menos. El supuesto revival neocatecumenal difundido y publicitado en los últimos tiempos no es más que una moda, esta sí que muy bien performativa (¿o es que Rosalía cree que la homosexualidad, el adulterio o el aborto son pecado?, ¿es que llegará virgen al matrimonio?). No hay una nueva ola de iluminados hijos de ateos que deciden obviar todo lo que esconde la jerarquía eclesiástica, desde los privilegios indecentes que los eximen de pagar impuestos hasta los casos encubiertos de pederastia, pasando por la hipocresía de hacer caridad mientras siguen acaparando riqueza. Lo que hay es un fenómeno muy de nuestro tiempo: mucha propaganda y seducción por parte de un poder religioso particular. Con la connivencia, además, de partidos de la postizquierda que ya no recuerdan la larga historia del progresismo para intentar domesticar el poder religioso. Se venden el alma laica por cuatro votos mientras los muertos del librepensamiento se revuelven en sus tumbas.