Parquímetros: sobre todo, hagámoslo fácil
1. Con la llegada de octubre, la DGT nos esperaba con más cambios de normativa que nos hacen dar vueltas a la cabeza y que ya se aplican desde el jueves. Son variaciones en el reglamento que tanto afectan a los conductores de coche como a los que se mueven en moto, bicicleta o patinete. Y, de rebote, al peatón, que siempre es el blanco de las críticas de la película de la convivencia en el asfalto. En nombre de la seguridad y del medio ambiente, toda medida parece, sobre el papel, bienintencionada. Después, cuando te encuentras en ella, ya son otros cien floreros. Hoy, sin embargo, dejaremos de lado los intentos y los inventos de Pere Navarro para mejorar nuestras vidas y nos centraremos en una de mis manías (que los lectores del ARA quizás ya conozcan después de dieciséis años de contraportadas): los parquímetros.
2. Desde 2011, un par de veces al mes voy por las diversas poblaciones del país que tienen biblioteca y que me invitan al ejercicio, siempre placentero, de participar en un club de lectura. Esto me ha permitido aparcar en más de doscientas localidades diferentes de nuestro territorio. La primera constatación es que nuestras bibliotecas públicas son, hoy por hoy, una auténtica estructura de estado, imprescindibles nidos de conocimiento y de cultura y, también, espacios de integración como quizás no hay ningún otro. El trabajo de las bibliotecarias no está lo suficientemente bien pagado. La segunda observación es que quizás no hay tres poblaciones con el mismo modelo de parquímetro en Cataluña.
3. Hay opciones para todos los gustos. Cada localidad tiene su rasgo diferencial. A veces tienes que dejar el tique en el cristal; en otras, ya no. ¿Tienes que poner primero la matrícula, o no hace falta? ¿Tienes que decidir, antes de nada, si estás en zona verde o zona azul o zona roja (que también las hay)? ¿Querrás pagar con tarjeta o con dinero? Si quieres pagar con tarjeta y funciona —aleluya— primero tienes que pulsar minuto a minuto hasta limarte las uñas antes de llegar al límite horario. Si quieres pagar con dinero, en muchas ocasiones dice que la máquina no lo acepta y entonces tienes que buscar el parquímetro más cercano. A veces es al revés, que la máquina solo acepta monedas. En el mejor de los casos, suponiendo que la pantalla se vea, y que no quede diluida por un golpe de sol, tienes que encontrar la función de pago. Hay lugares que primero te piden en qué idioma quieres operar, después te dan funciones de menú —“anular denuncia”— que no sabes cómo saltarte. En los últimos años, tienes que poner qué etiqueta llevas en el coche, para tener un descuento o para que te cobren más, en función de lo que contaminas. Ha habido alguna capital de comarca donde, después de pasarme horas ante el parquímetro, una vecina me avisó de que con la etiqueta azul, la de cero emisiones, ni tenía que pagar ni tenía que sacar el tique. Podía aparcar en cualquier zona durante todo el día sin tener que hacer nada.
4. No pido tanto. Queremos pagar, pero que nos lo pongan fácil. Y, cuando menos te lo esperas, la DGT resuelve que todo ayuntamiento tiene derecho, si quiere y lo aprueba, a hacer pagar más a los coches SUV, que son más grandes o que pesan. Es decir, ahora todavía pasaremos más rato ante la máquina para poner el tamaño y la masa del coche que, llegado el momento, no sabremos cuál es. ¿De verdad que nos lo van a poner así de fácil? ¿No basta con pagar el impuesto de tracción mecánica, en función de los caballos del automóvil? ¿No podrían, en el siglo XXI, crear una aplicación de teléfono móvil, eficiente, sencilla y de país, que sirviera para aparcar en cualquier municipio donde se tenga que pagar y que la recaudación vaya al ayuntamiento al que le corresponda? Si en tiempos de la IA esto no es posible, ¿no podrían hacer un concurso público para poner todos los parquímetros de Cataluña con un mismo sistema de funcionamiento? Con una comisión razonable para el partido que lo encargara, quizás esto se podría resolver.