Pínchenme y sáquenme sangre

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El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, acompañado de Alejandro Fernández, líder del partido en Cataluña (izquierda), y del alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, el 18 de octubre.
26/10/2026 - 18:07 h
Escritora

Leemos en el ARA que el alcalde de Badalona y cabeza de lista del PP en Cataluña el 29-N, Xavier García Albiol, ha dicho a RTVE que hay “un problema muy serio” por el “retroceso” del catalán y pide que “se actúe para revertir la tendencia”. Suerte que es un hombre duro, porque la furia de las entidades españolistas que le han oído llegará más arriba que el elemento arbóreo con el cual hace un “Decorando Badalona”, cada año. Figura que el esquema con el cual trabaja el PP se basa en el informe del exconseller Josep Bargalló, que fue consejero de Enseñanza.

García Albiol sabe muy bien, como Garriga de Vox, que siendo antipático y beligerante con la lengua catalana se estrellará contra la valla. Su (digamos) líder, Alberto Núñez Feijóo, sabe, claro, que contra el gallego no puede ir. Y es por eso que el hombre intenta articular un discurso que no chirríe contra el catalán, como si ir contra el catalán fuera normal y normativo e ir contra el gallego, un sacrilegio. Garriga, explicando que quiere que sus hijos “continúen bailando sardanas y no haciendo la fiesta del cordero” (sí, hijos, tenéis que elegir entre La Santa Espina y un cordero halal) hace lo mismo. Una cosa es que su (digamos) líder Santiago Abascal quiera prohibir “las autonomías” y la canción “bajando de la fuente del Gato”, y otra cosa es que él pueda rascar algún voto si le dejan pasar la maroma.

Xavier García Albiol es un político muy hábil. Sabe leer la partitura y ha entendido que aquel viejo PP de Josep Piqué o Manolo Milian Mestre es el único que podría sacarles del fondo del mar. Hace un tiempo, Ciudadanos entró en la política. Y cuando se extinguieron nos dejaron una actitud: la banalidad crispada, que aquí se quedó para siempre. Hoy, Aliança Catalana, otro partido emergente, nos deja otra actitud: la preocupación transversal, falsa o real, de fachas y wokes, por la lengua. Me encanta.

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