Tenemos un plan
La política es un arte que requiere combinar diversos ámbitos de actuación y de pensamiento. Lo macro y lo micro, lo local y lo global, lo urgente y lo necesario. Cuando digo la política quiero decir más exactamente la gestión pública. La política, por desgracia, tiene como prioridad absoluta el día de hoy y como único horizonte la próxima convocatoria electoral. Vivimos –y queremos vivir– en democracia, y nuestro caprichoso derecho al sufragio condiciona todo lo que hacen nuestros gestores. Solo los dictadores se pueden permitir el lujo de abrir el foco, proyectar, prever, estirar el tiempo, acelerar y frenar, dejar que las cosas se cocinen a fuego lento, afrontar las pequeñeces urgentes sin desatender los grandes retos que pertenecen a un medio plazo que no se acaba de concretar nunca.Dios me libre de reclamar una dictadura, pero sí que me gustaría que, al menos en Cataluña, la gente más sabia pensara en el país que tendremos a veinte años vista, y que sus predicciones marcaran una hoja de ruta para los gestores del presente. Esto no solo es sensato, sino que ya está pasando: tenemos acuerdos marco para el futuro de la educación que son sistemáticamente desoídos (el presidente Illa acaba de proponer otro). Tenemos la Agenda 2030 y el plan de la UE contra el cambio climático, que el tecnofascismo intenta desacreditar, cosa que no haría falta, porque los egoísmos de los gobiernos nacionales y las coyunturas imprevistas ya se encargan de hacerlos naufragar.En Cataluña tenemos planes nacionales para la lengua, para la cultura, para la salud mental, para la industria, para la sociedad del conocimiento y no sé cuántas materias más. Pero la inestabilidad crónica de los gobiernos, y sobre todo el desacuerdo fundamental entre soberanistas y autonomistas (porque los soberanistas, con razón, creen que los retos globales no se pueden abordar con un Estatuto de Autonomía), nos impide aplicar recetas realistas.
Lo peor de este presentismo en la acción política es que acaba contagiándose al conjunto de la población, alimenta el egoísmo y el sálvese quien pueda. El motor del progreso ha sido siempre la aspiración de ver prosperar a los hijos. Eso se ha acabado. Y la decepción lleva a mucha gente a olvidarse del bien común.Hace algunas décadas, cuando empezaron a llegar inmigrantes extracomunitarios, el sentimiento de hospitalidad y solidaridad era muy mayoritario. Porque la empatía es el sentimiento predominante cuando se produce una emergencia. Pero las emergencias son, por definición, episodios graves y de corta duración, situaciones que permiten a los gobiernos pedir a la población que haga sacrificios (como la pandemia de 2020). En cambio, la inmigración ha devenido una cuestión estructural, sin fecha de finalización, porque obedece a problemas aparentemente irresolubles, como es la crisis demográfica en Europa, la quiebra crónica de muchos países subdesarrollados y, muy pronto, los efectos de la crisis climática en determinadas zonas especialmente vulnerables, como el África subsahariana.De la misma manera que el contrato social nos vincula a través de los deberes, pero también de los derechos, otro tipo de contrato, digámosle vital, nos tendría que indicar que los sacrificios que hace nuestra generación tendrán una recompensa en la generación siguiente. Que estos tiempos convulsos tendrán una fecha límite, que algún día la demografía se gestionará de manera razonable, mientras que los países ricos harán un esfuerzo conjunto, una especie de Plan Marshall, para mejorar las condiciones de vida en los países de donde procede la gran masa migratoria. Y que en nuestra casa los sacrificios se compensarán con un reforzamiento del estado del bienestar, la seguridad colectiva y la cohesión social y cultural.Las administraciones deberán hacer un esfuerzo ingente para recordar que compartimos vehículo, viaje y destino; para evitar que el principio de solidaridad quede enterrado por el nihilismo del sálvese quien pueda.