Los de Junts ya hace tiempo que han decidido marcar perfil duro contra la inmigración. Notan el aliento de Aliança Catalana y Vox en la nuca y creen que la mejor estrategia es copiarles el discurso. Hablo con la taxista y el portero, el camarero y la dependienta y todos compartimos la misma sensación de cansancio ante una clase política que parece vivir a años luz de la vida real de las personas. Juegan a un juego que no es el nuestro aunque lo hagan con nuestro dinero y nuestras vidas. Ahora llevan eso del burka al Congreso sabiendo que no sirve de nada. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué lanzan a la basura horas y recursos públicos? Para hacer propaganda, claro, ahora que les persigue la de Ripoll. La derecha catalana, como todas las derechas occidentales, ha renunciado del todo al liberalismo clásico que hablaba de sensatez y orden (aquella hipocresía sostenida sobre la explotación violenta de la clase trabajadora) y se apunta a la crueldad organizada inspirada en Trump. Es la perversión de atizar el odio de los pobres (aunque se tengan por clase media) contra pobres que lo son un poco más y ya vienen de casa con la humanidad erosionada porque han tenido el capricho de nacer en otro país.
Orriols se le está comiendo el pastel a Junts y lo hace en los feudos que los postconvergentes consideraban propios, principales esquinas y modernistas de techos altos, hoteles de renombre, incluso en un campo de golf en el Empordà, que debe ser nuestro Mar-a-Lago. La burguesía catalana se acerca a la de Ripoll quizás porque, como el de MAGA en EE. UU., creen que pueden manejarla, que será fácil de dominar y dirigir. Los de Aliança hablan de reindustrializar Cataluña. ¡Viva el diecinueve! Y el pasado glorioso de cuando los amos se hacían de oro y los asalariados no veían la luz del día, encerrados dieciséis horas en la fábrica. Volvemos a Germinal y a la explotación infantil. Porque si hay que reindustrializar Cataluña la pregunta es: ¿quién trabajará? La Sílvia Orriols puede ir diciendo que la inmigración no es más que un estorbo, una amenaza, puede señalar todo lo que es negativo, pero lo cierto es que la población procedente de fuera es tan necesaria que si no hubiera “recién llegados” este país se pararía y dejaría de funcionar. Me acabo de comer unas fresas a precio de oro porque las quería del Maresme y no de Huelva, pero las manos que recogen fresas son todas extranjeras, tanto aquí como en Andalucía. La terrible perversión, la crueldad malintencionada, consiste en esto mismo: en atizar la violencia y el odio contra quienes sabemos que son del todo necesarios. A la burguesía que añora tiempos mejores para la explotación, que si pudiera diría abiertamente que quiere cargarse todos los derechos conquistados por la base de la cadena productiva de la cual extrae su riqueza, le conviene tener una bolsa de personas malviviendo en los márgenes de la sociedad, aislada del resto de ciudadanos por la xenofobia y el racismo, por la segregación escolar y urbanística. Queremos industria catalana, dice Orriols, pero vuelvo a preguntar: ¿quién trabajará? ¿Los de la generación de la tostada de aguacate y Netflix? ¿Qué catalanes de ocho apellidos irán a la cadena fordista?
Ahora dicen que quieren prohibir el burka por seguridad, pero que lo hacen por la igualdad de las mujeres. ¡Qué hipocresía! Ya nos gustaría creer que les importan las mujeres y las niñas musulmanas, pero la experiencia nos demuestra que solo las feministas ahora llamadas “clásicas” han defendido los derechos de las nacidas en contextos islámicos. En muchos ayuntamientos donde mandan los de Junts les hacen la vida imposible, a las mujeres inmigrantes, con burka o sin él, con pañuelo o sin él. Y desde el PSOE, Bolaños dice no sé qué de libertad religiosa. La libertad de someter a mujeres, como siempre. Qué aburrimiento todo junto, qué ganas de regalarles a todos un burka y que se miren el mundo desde la reja, a ver qué les parece.