¿Para presumir debe sufrirse?

Han estado unos meses de alfombras rojas. Un exceso de pasarela y un exceso de incomodidad. No sólo la que generan algunos de los discursos de ganadores de premios, sino por los trajes que las mujeres eligen y que siguen dando unas imágenes inauditas en pleno siglo XXI. Pero si nos ponemos estrictos, en pleno siglo XXI también gobiernan el mundo unos narcisistas ultraviolentos que están dejando un panorama que no ha variado en muchos siglos. Y como se puede decir poco más de lo que ya se ha dicho sobre la brutalidad de un sistema que permite bombardear a placer lo que a unos desgraciados les apetezca, y como parece que debemos aceptar la violencia como un mal necesario en este mundo podrido de intereses, giremos el calcetín y fijémonos en lo que aparentemente es, aparentemente es permanente, y que mucha gente considera elegida libremente. Y tienen razón. Porque la vestimenta femenina de gala es el símbolo perfecto para explicar dónde estamos todavía. Y el daño que hace no es comparable a una guerra, pero sigue dejando muchos cadáveres. Es la prisión del cuerpo. De los cánones de belleza. Del escándalo disfrazado de glamour.

Los hombres llevan bolsillos y se pueden mover. Parece obvio, pero no lo es tanto. Las mujeres no llevan bolsillos y no pueden moverse. Y algunas de las que se pueden mover llevan una cola tan larga que alguien debe acompañarlas para no tener un accidente. Todas ríen y parecen contentas de participar en el juego. La mayoría están delgadas. Algunas están tan delgadas que es imposible imaginarlas comiendo. Para caber en estos vestidos y para que los muelles abdominales no se marquen, las dietas deben ser estrictas hasta la enfermedad. La obsesión de estar delgadas. Secas, que decían antes. Luego no debe extrañarnos la cara de asco que hacen las modelos de ropa. ¿Pero por qué la moda debe ir relacionada con la incomodidad de la mujer? ¿Y por qué la mayoría de mujeres no se rebelan contra esta incomodidad? Hay un promedio entre la moda masculina de ir todo el día en chándal, zapatillas deportivas y peinados de futbolista, y la moda femenina de tacones, maquillaje exagerado, uñas escalofriantes y pelo larguísimo todos cortados por igual. ¿Desde cuándo la elegancia se relaciona con la incomodidad? Justamente, si algo define la elegancia es el movimiento del cuerpo. ¿Cómo puedes pretender ser elegante si no puedes ni moverte dentro de un traje que sólo te permite dar pasos de pingüino? ¿Qué tiene eso de elegante? ¿Y la lucha contra los años? ¿Hasta cuándo debe durar hacer ver que no envejecemos? No hace falta que celebremos cada nueva arruga o cada cabello blanco, pero de ahí a permitir que las cremas se sigan diciendo antiedad... De antiedad, a mí, sólo se me ocurre la muerte.Una realidad, por otra parte, que siempre termina llegando.

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Katharine Hepburn popularizó en los años 30 el uso del pantalón para las mujeres, defendiendo su comodidad por encima de las convenciones. Cuando la periodista Barbara Walters le preguntó, en los 80, si tenía alguna falda, ella respondió que tenía una. Y añadió: "Me la pondré en tu funeral". A veces pienso que seguiremos muriendo viendo cómo las mujeres se duelen a sí mismas porque les da la sensación de que las van a querer más. Es un patrón, nunca mejor dicho, que se perpetúa hasta el aburrimiento. Pero la buena noticia es que puede romperse. Hepburn nunca perdió el interés por ir cómoda. Ni la dejamos de admirar por eso. Ni era más o menos mujer para ir con pantalón. Al contrario. Era libre. Que es cómo deberían sentirse todas las mujeres.