Privatizar la adolescencia

Los jóvenes de hoy carecen de espacios propios y comunes donde puedan relacionarse con libertad y autonomía sin la intervención de los adultos. Existe el espacio dedicado a la educación reglada y los de las actividades extraescolares, pero fuera de este amplio abanico de tiempo organizado, ¿qué les queda? En el mundo físico y analógico, sólo el consumo: calles llenas de tiendas y centros comerciales. Los parques disponibles están pensados ​​para niños pequeños. En algunas plazas, escasas, todavía hay alguna mesa de ping pong. Sea como fuere, hay un momento en que los niños y niñas desaparecen de la ciudad. Si echamos un vistazo al tipo de gente que encontramos en la calle, fuera de las horas de entrada y salida de los centros educativos, vemos a gente mayor o niños muy pequeños, pero se diría que los adolescentes no existen. ¿Dónde están? Cerrados en su casa, claro, y, en muchos casos, en sus habitaciones, donde se ha desplazado toda la vida social que antes tenían de forma presencial, real, siendo un cuerpo en serio y no un avatar digital. La virtualización de la infancia y la adolescencia es un fenómeno inédito del que no conocemos las consecuencias a largo plazo. De momento, los datos sobre los problemas de salud mental en esta franja de edad son tan alarmantes que deberían llevarnos a revisar este cambio social que ni hemos decidido ni evaluado detenidamente. A los padres que tuvimos hijos al borde del milenio después nos dijeron que no podíamos hacer nada, que no podíamos oponernos a la digitalización y virtualización de nuestros propios vástagos. Estar en contra es ser rancios, tecnófobos y, prácticamente, unos amish de internet.

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Como madre, a menudo siento que soy la única que está al pie del cañón protegiendo a las criaturas que he parido de las embestidas de fuerzas poderosas que intentan o enajenarme o expropiarme el derecho y el deber de ejercer mis funciones parentales. Cuando decimos, como decía sorprendentemente la Simona Levi en este diario, que prohibir las redes sociales a los menores es prohibir la adolescencia, ¿qué intereses estamos defendiendo? ¿Los de las personas que todavía no tienen suficiente madurez para protegerse de las grandes corporaciones tecnológicas o el de esas mismas empresas que colonizan las infancias de la humanidad entera y se lucran explotando la intimidad, la socialización y los vínculos más importantes de los jóvenes? También su imagen e identidad, en lo que es un proceso de privatización inaudito hasta ahora: la privatización de la conversación más privada para extraer un rendimiento económico inimaginable hace unos años. Ya digo que es ciertamente sorprendente que sea un referente del activismo para nuestra soberanía digital como Simona Levi quien asimile esta etapa vital con su expresión virtual. ¿Acaso antes de internet no existía la adolescencia? ¿Es que los ciudadanos y todos los que nos preocupamos por el bienestar de los menores no tenemos derecho a decidir qué modelo de relación queremos para quienes todavía no tienen suficiente criterio para decidir por sí mismos, que, además, ya han sido captados por el mundo digital desde muy pequeños y no han podido elegir libremente?

Que las redes sociales no se pueden legislar es uno de los eslóganes neoliberales con los que nos quieren convencer de que debemos dejar a nuestros hijos expuestos a todos los peligros que encuentran. Los índices de depresión, la perturbación del deseo con la pornografía extrema y violenta (que en muchos casos contiene violaciones reales y no simuladas), la distorsión de la propia imagen, los trastornos alimentarios, los suicidios inducidos y la pederastia, que campan libremente por estas plataformas, no son señales suficientemente alarmantes para campo". ¿Cómo no? La historia del capitalismo es una historia de cierres de espacios comunes convertidos en espacios privados, y el último campo al que quieren poner puertas es, precisamente, el de la adolescencia.