El año pasado las redes sociales ganaron, sólo en EE.UU., más de 11.000 millones con publicidad dirigida a los menores. Es terrible, sí. Pero ¿eso debe llevarnos a prohibir la adolescencia oa prohibir los negocios tóxicos de unos señores tóxicos? No se puede banalizar el hecho de erradicar a los menores del espacio público virtual, de la comunicación y la información de nuestro tiempo. ¿Los afectados por la medida que tomemos deben ser ellos?
Nuestro mundo ya no se divide sólo entre espacio privado y espacio público. Ahora se divide entre espacio privado, espacio público y espacio virtual o digital. Todos existen a la vez, no se pueden segregar, y todos deben ser espacios democráticos. No es ninguna falacia decir que internet y el espacio público guardan semejanzas: ¿propondríamos encerrar a los menores de 16 años en casa para evitar que hagan conocimientos inconvenientes? Hacerlo sería, al menos por ahora, un delito. En su lugar, lo que se hace con los menores es acompañarles de espacios más simples a espacios más complejos. En democracia, que las autoridades tengan que hacer las calles más seguras en ningún caso puede consistir en imponer toques de queda permanentes y selectivos. ¿Nos parecería, pues, una buena idea que fuera necesario el reconocimiento facial de todos para entrar en los bares o pasear por la Rambla? Porque está claro que el entusiasmo por verificar la edad de los menores nos hace olvidar que esto implica verificar la edad de todos para excluir que sea menor. ¿Cómo estar contentos de que nuestro espacio virtual, de todos, sea un espacio de estado de excepción? Y hay más: si la infancia y la adolescencia es cuando más habilidades aprendemos, nos arriesgamos a dejar a una generación atrasada e inadaptada.
Ceder a la petición de prohibición, pues, es débil con los fuertes y brutal con los débiles, es electoralista, y no resuelve el problema de la montaña de basura que sigue impactando en los menores y en todos nosotros. La basura racista y/o machista, que fomenta relaciones tóxicas y maltrato criminal dentro de la pareja, como La isla de las tentaciones y otros programas televisivos, seguirá siendo accesible para los adolescentes. ¿Amamos más que los adolescentes vean más la tele?
En el anuncio de Pedro Sánchez hay cosas que sí podemos rescatar, aunque estaban expresadas con una mezcla inquietante de datos técnicos mal entendidos y propósitos inaplicables. Por ejemplo, el presidente reclamó "que no se pueda manipular el algoritmo". Pero es el algoritmo lo que nos manipula. Lo que hay que pedir, pues, es que los algoritmos de las big tech no manipulen en una dirección concreta que consideremos destructiva, que no promuevan contenido no verificado, tóxico, etcétera. En lo que sí coincidimos con Sánchez es en la necesidad de plantearnos responsabilidades penales para los directivos de estas empresas. Tenemos una receta que es muy fácil de aplicar: quien cobra por priorizar un mensaje mediante un algoritmo debe ser considerado responsable del contenido. El enemigo, pues, no es los niños.