Un problema de mediocridad

No es una marca de aquellas por las que te dan medalla olímpica, pero Pablo Casado habrá sido el segundo líder más efímero de la derecha española ligeramente posfranquista (vaya, de AP-PP) en sus cuarenta y seis años de historia. El récord absoluto de fugacidad lo conserva Antonio Hernández Mancha; y, si hacemos memoria, no son pocos los paralelismos entre uno y otro.

Hernández Mancha, alias Cerebrino Mandri, apareció repentinamente después de la renuncia de Manuel Fraga al liderazgo de AP (diciembre de 1986), y como alternativa a un Miguel Herrero de Miñón detestado por la mayoría de notables y cuadros aliancistas. Cambien Fraga por Rajoy y Herrero por Sáenz de Santamaría y tendrán un escenario bastante parecido al que, en julio de 2018, catapultó contra pronóstico Pablo Casado al vértice del PP.

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El presidente nacional entronizado en febrero de 1987 era, como Casado tres décadas después, un “provincial” (el primero de Badajoz pasado por Andalucía, el segundo de Palencia recriado en Madrid) sin experiencia de gobierno que, a falta de bagaje doctrinal, figuraba representar el rejuvenecimiento del partido. En efecto, era joven (35 años), inconsistente y temerario, como puso en evidencia la desgraciada moción de censura que, apenas aterrizado en la calle Génova, lanzó contra Felipe González. Su Teodoro García Egea se decía Arturo García Tizón, que también fue una máquina de generarle enemigos dentro de la misma AP. En no mucho más de un año, el liderazgo agobiado, poco sólido e inmaduro de Hernández Mancha disolvió velozmente su autoridad y se vio desbordado por la revuelta interna, con José María Aznar haciendo, desde la presidencia autonómica de Castilla y León, un poco el papel que ahora ha tenido Isabel Díaz Ayuso. Perdidos los apoyos iniciales, el pobre Cerebrino Mandri tuvo que convocar un congreso extraordinario de despedida (después de 23 meses), Fraga volvió, impuso la refundación y el cambio de siglas y allanó el camino por donde transitaría a continuación Aznar.

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Las circunstancias de 2018 son bastante cercanas para tenerlas que recordar con detalle. En el momento que Albert Rivera parecía a punto de hegemonizar el territorio de la derecha hispana, al PP quisieron darse como líder un clon del cabecilla naranja, alguien todavía más joven (37 años) y que, a diferencia de Soraya Sáenz, no tenía enemigos orgánicos... porque nunca había defendido dentro del partido una posición propia. Tampoco poseía, está claro, ningún currículum de gestión.  

Pero, si hablamos de curricula, pronto trascendió que el de Pablo Casado tenía la cola académica de paja. Y, como es lógico, alguien que había tenido que movilizar influencias y favores políticos para obtener un máster en derecho autonómico y local no por Oxford o Yale, sino por la Universidad Rey Juan Carlos (que, por cierto, quizás tendría que ir cambiando de nombre, ¿no creen?), alguien con este perfil forzosamente se tenía que rodear de mediocridades, de personas que en ningún caso pudieran hacerle sombra. Fue un ejemplo típico del “proceso de selección a la inversa” tan frecuente en las organizaciones políticas.

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Porque, además de ser campeón mundial de escupir huesos de aceituna, quizás sí que Teodoro García Egea es un brillante doctor ingeniero electrónico; pero de táctica y estrategia políticas, de gestionar con mano izquierda egos, vanidades y ambiciones humanas, no tiene ni idea, y de cultura general tampoco; recuerden que en 2020 comparó al coronel Pérez de los Cobos con Dreyfus!!! En cuanto a Andrea Levy o a Dolors Montserrat Montserrat –cito estas dos personas porque se han forjado en el PP de Catalunya y, por lo tanto, hemos podido observarlas de más cerca–, se trata de dos ejemplos remarcables de indigencia intelectual, de dos máquinas de repetir consignas cuyo único objetivo era conservar la alta posición milagrosamente adquirida dentro de la jerarquía del partido. ¿Y qué podemos decir de Ángel Carromero, el cargo municipal madrileño de confianza y presunto cerebro (¿cerebro?) del espionaje instigado desde Génova contra Isabel Díaz Ayuso? Mortadelo y Filemón lo habrían hecho mucho mejor.

Con todo, lo peor no es que los colaboradores y las personas de máxima confianza del señor Casado Blanco fueran una pandilla de mediocres y serviles, incapaces de hacerle ninguna observación crítica o de aconsejarle ninguna rectificación de rumbo. Lo peor fue que, en cuanto estos colaboradores vieron a Casado herido y a Díaz Ayuso crecida, nada más detectaron un giro en la dirección del viento, pasaron en masa del halago hacia el líder a la deserción o incluso la traición, y abandonaron a su triste suerte a quien los había promovido. Muy a menudo, la indigencia intelectual va del brazo de la indigencia moral...   

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Parece que, con la inminente consagración de Alberto Núñez Feijóo (60 años) como nuevo líder, el PP deja atrás el juvenilismo y apuesta por la experiencia y un cierto grueso intelectual. Habrá que observar con atención, sin embargo, de qué equipo se rodea y cómo gestiona la promiscuidad con Vox que le han dejado en herencia el infausto Casado y su lanzador de huesos de oliva.