¿Prohibir el Corán, y la Biblia?
Silvia Orriols propuso hace un par de semanas que se prohíba el Corán porque, según ella, lo que se dice en él es barbarie. Los dictadores, los autoritarios y los fascistas tienen esa pulsión de quemar y prohibir libros, no sé si es porque no los han leído nunca o porque no soportan el hecho de que haya conciencias que perduren en soportes tan ligeros como el papel. La eternidad sobre hojas finas que se transmiten a través de los siglos. El libro sagrado de los musulmanes, cogido desde un punto de vista literario, es una obra interesantísima llena de historias, imaginación y fantasía. La pega es que tantos millones de personas a lo largo de los siglos sufran el quijotismo que los religiosos llaman fe: confundir la ficción con la realidad. En el Corán también hay pasajes aburridísimos, y si fuera un original que aspira a ser publicado cualquier editor del presente con un mínimo de criterio profesional sacaría la tijera para suprimir repeticiones sobrantes, clichés gastados y otros defectos que tiene el texto supuestamente sagrado. Algunos de sus fragmentos son sublimes, con ritmo y musicalidad, imágenes de enorme belleza y lirismo. Mi sura preferida, que aún recuerdo de los tiempos en que la memoricé en el oratorio que había en la calle de la Ramada de Vic, es la primera que le fue revelada a Mahoma cuando le dio por irse solo a la montaña. O eso dice la historia oficial del islam. Que se le apareció el ángel Gabriel y le dijo la primera palabra que serviría para fundar una religión que hoy cuenta con un millar largo de millones de creyentes. Gabriel le dijo: ¡lee! Así, con un imperativo tan categórico. Cosa que sorprendió al futuro profeta porque, según el mito, era del todo analfabeto, un comerciante que recorría Arabia y Oriente Medio de aquí para allá comprando y vendiendo cosas pero sin ninguna capacidad para descifrar la letra escrita. “¡Lee!”, le repitió el ángel mensajero. “Lee en nombre de Dios, que te creó de una gota de sangre”, etc. En esto confieso que he sido muy obediente con la religión de mis padres. Si Gabriel se hubiera quedado al principio de la sura (¡lee, carajo, lee!) yo quizá todavía sería musulmana. Pero aquel ser milagrosamente aparecido de la nada fue volviendo con los altibajos propios de quien se empeña en escribir un libro largo, a veces más inspirado y otras no tanto.
Ahora bien, la Biblia no es que se quede corta, precisamente. Como en el libro sagrado de los musulmanes, también contiene pasajes que incitan a la violencia y contenidos que chocan directamente contra los valores democráticos que compartimos y defendemos en esta parte del mundo. Por no hablar de todas las historias de violaciones, incestos, asesinatos y exterminios. Si comparamos las tres religiones abrahámicas desde el punto de vista del trato a las mujeres no son nada originales: se diría que se copian las unas a las otras. ¿Prohibimos también la Biblia? ¿O no podemos aplicarle el mismo criterio porque forma parte de “nuestra cultura” tal como proclaman desde Aliança Catalana? ¿Instauramos la ley del talión, ya de paso?
Por supuesto que el problema no son nunca los textos, sagrados o no, como tampoco lo es el lenguaje ni la literatura. El problema es hacer lecturas simplistas y literales de obras que contienen infinidad de contradicciones, agarrarse a las páginas de cualquier volumen considerado divino y hacerlas servir para legitimar normas y leyes que castren la libertad de los otros, que anulen a las personas, tan únicas y diferentes, y su autonomía emancipada de autoridades dominantes que no entienden la convivencia si no es en clave de lógica hegeliana. El peligro más grande no es leer sino no leer. O leer sesgando el sentido, que no deja de ser una manera muy cobarde de acceder al texto. Casi una forma de analfabetismo.