Leemos en ARA
que el partido político Ciudadanos “ha hecho una apuesta en los tribunales” y se ha personado como acusación popular en el caso Ábalos, sobre presunta corrupción del PSOE y el gobierno español, y en el de la gestión de la dana en el País Valencià. Comprenden, quienes mueven los hilos, que esto te da visibilidad, como le pasó a Vox con el Procés.
Todo queda muy atrás. Es como si fuéramos otros, como si todo aquello que pasó, aquella efervescencia, aquellas ganas de exteriorizar, la sensación de hacer historia, se hubiera sepultado bajo la ceniza, como las ruinas de Pompeya. Somos las momias de entonces, sorprendidas por la erupción del volcán en la última postura, como un retrato en 3D. Todos hemos olvidado aquellos días de la manera que hemos sabido, dedicándonos a otros monocultivos más favorables al cambio climático. Nos hemos vuelto desafectos, individualistas, de nuevo cerrados, de nuevo sin ganas de darnos las manos, como los que siempre fuimos. De nuevo los que desconfían. Los ordenados escépticos, los que lo quisieron todo, de aquella cosecha, sabiendo y no queriendo saber que siempre llueve demasiado.
De aquella época he olvidado del todo la crispación, la mala maror de Ciudadanos. La agresividad de ir a los pueblos a buscar bronca, las fotos en el Parlament, para Vogue
o no sé qué revista de moda, de la líder del partido; aquel tono, sobre todo, sobre todo, siempre enfadado. No he visto nunca gente tan enfadada, y me parece que es lo único que no puedo sufrir en la vida. Leyendo el artículo de ARA me ha venido a la cabeza todo aquello y la pereza, una pereza activa, esta vez, se me ha llevado. No quiero volver a oír aquel tono de regaño, de maestro de antes, de marido insatisfecho. No quiero volver a oír refunfuñones. No me los enseñéis, por favor, dando lecciones.