A primera hora de la mañana, una chica saca al perro a hacer el pis matutino y, efectivamente, el animal levanta la pata y deja el regalito resbalando por la esquina y cayendo por el bordillo. La chica me mira con un tipo de “¿Y qué?”, y entre que ella tiene sueño y que yo tengo prisa, el piloto automático decide que es demasiado temprano para empezar el día con una conferencia titulada “Desde el pasado mes de febrero, las ordenanzas municipales establecen que no diluir la orina del perro con agua está sancionado con una multa de hasta 300 euros”. La secuencia acaba bien, porque al cabo de un momento otro propietario de mascota, que ha seguido la escena desde la distancia, rocía la pared y la acera con el agua que llevaba en un bidón.
Un par de horas más tarde camino por una acera, por cuyo lado discurre un bien señalizado carril bici. ¿Y qué no diríais que baja por la acera, más contenta que una perdiz, con aquel solecito de primavera? Efectivamente, una bicicleta. El ordenador de a bordo prepara la maniobra, me pone en rumbo de colisión con el ciclista y le lanza el siguiente mensaje: “Esto que tienes aquí es un carril bici”. El hombre contesta: “Sí, pero es en contra dirección”. O sea que para superar el problema de contra dirección, la solución era subirse a la acera.
De estas cosas y de las contrarias (és decir, de las que hace la gente cumplidora), en la ciudad hay un millón, que habría dicho Arribas Castro, el inolvidable Don Pollo. Pero las incívicas cada vez me molestan más personalmente y las cívicas me hacen desproporcionadamente feliz. Llegado a casa, me miro al espejo y por un momento veo a mi padre.