Más proliferación nuclear, menos seguridad
El mundo entra en una nueva era de proliferación nuclear. El acuerdo firmado entre los Estados Unidos y Arabia Saudí por el cual Washington ayudará al reino del Golfo a desarrollar un programa nuclear civil no es más que el último ejemplo. La lista de países que están considerando sumarse a las nueve potencias atómicas actuales es mucho más larga: desde Irán hasta Turquía, Polonia, Corea del Sur y, posiblemente, también Japón o Alemania, que ya han mostrado interés por adquirir armas nucleares. Esto se suma a un proceso de normalización de la utilización de la amenaza nuclear en los conflictos, como hace Vladímir Putin en Ucrania, y a un desmantelamiento progresivo de los acuerdos de contención que marcaron los equilibrios de la posguerra fría. El último tratado de control de armas nucleares entre los Estados Unidos y Rusia expiró en febrero. Desde entonces, China no ha parado de ampliar su arsenal, y varios países asiáticos y europeos que durante décadas habían vivido confiando en el paraguas nuclear de los Estados Unidos debaten ahora si deben adquirir o reforzar sus propias capacidades.
El acuerdo entre Washington y Riad es paradigmático de esta nueva era de proliferación. Por un lado, porque aplica un doble rasero que agrava la erosión de los mecanismos de control, y, por otro, porque aboca a la región a su propia carrera nuclear. La Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), el organismo intergubernamental que se encarga del control de la proliferación nuclear, no ha participado en la negociación de este acuerdo bilateral; por lo tanto, no queda claro cómo se asegurarán las salvaguardias que deben garantizar la supervisión exhaustiva del uso de esta energía.
Mientras la administración Trump insiste en que Irán debe aceptar una renuncia total al enriquecimiento de uranio —justificando la utilización de la fuerza militar para impedirlo—, los Estados Unidos son los primeros en contribuir a la exportación de esta misma tecnología a muchos otros países del mundo. El impacto de esta política ya está cambiando dinámicas de poder regional en Oriente Medio. Si Irán se convierte en una potencia nuclear, los Emiratos Árabes Unidos podrían querer seguir el ejemplo de Riad. Además, Arabia Saudí también ha obtenido garantías de seguridad de un Pakistán con capacidad nuclear y se plantea una posible cooperación en materia de seguridad con Turquía. Todo esto altera directamente la supremacía de Israel como única potencia nuclear en la región.
Así pues, la crisis de la contención nuclear se ha sumado a la disrupción del comercio global que se juega entre los dos extremos del mar Rojo. Por un lado, el retorno de Irán a la escalada bélica en el estrecho de Ormuz debe interpretarse, en gran medida, como una jugada calculada, previa a la negociación. El objetivo de Teherán es aumentar el coste de la confrontación hasta el punto de obligar a Washington a reanudar las conversaciones, pero con unas condiciones más generosas. El plan de Teherán es escalar para desescalar.
Por otro lado, el retorno de los ataques hutíes contra Arabia Saudí también intenta sacar rédito de una confrontación que ha acabado desestabilizando los países del Golfo: estos estados habían basado su seguridad en un orden garantizado por Estados Unidos, que hoy actúan como un factor más del riesgo y la inestabilidad de la región. Durante la última semana, los hutíes han lanzado misiles y drones contra Arabia Saudí y contra barcos en el mar Rojo —alterando unos mercados energéticos mundiales ya de por sí muy volátiles—, mientras que una coalición militar liderada por Riad ha llevado a cabo ataques aéreos en territorio controlado por los hutíes por primera vez en años. En la práctica, se vuelve a agravar la inseguridad, tanto en el estrecho de Bab-el-Mandeb como en el canal de Suez, y también su impacto en las interdependencias globales. Estamos inmersos en una carrera para explotar las debilidades del contrario y las flaquezas de un sistema internacional cada vez más expuesto a interrupciones de suministros y a puntos de estrangulamiento comerciales, financieros, energéticos o de recursos críticos.
El deterioro de la arquitectura interna en Oriente Medio incrementa los peligros de proliferación. Cada vez los actores implicados actúan de manera más imprevisible, ya sea en los marcos globales de cooperación —como demuestra la salida de los Emiratos Árabes Unidos de la OPEP— o en los dañados equilibrios de contención internacional. Avanzamos colectivamente hacia un mundo más armado y menos seguro.