Mañana sábado, 2 de marzo, hará cincuenta años que el régimen del dictador Franco asesinó al anarquista y antifascista Salvador Puig Antich, que tenía veinticinco. Puig Antich no fue el último condenado a muerte del franquismo: el 27 de septiembre de 1975, menos de dos meses antes de la muerte de Franco, fueron fusilados los miembros de ETA Jon Paredes Txiki y Ángel Otaegui, así como los militantes del FRAP José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz. Según el testimonio del cura que asistió a la ejecución de estos últimos, recogido por Carlos Fonseca en el libro Mañana cuando me matan, “además de los policías y guardias civiles que participaron en los piquetes, hubo otros que llegaron en autobuses para aplaudir las ejecuciones. Muchos iban borrachos”.

Salvador Puig Antich sí fue el último condenado a morir en el garrote vil, un método de ejecución particularmente doloroso y degradante. La decisión de matar a Puig Antich de este modo debe entenderse como la respuesta macabra del régimen franquista a las numerosas peticiones de indulto o clemencia a favor del libertario obrerista, expresadas a través de manifestaciones populares o mediante las voces de personalidades como el canciller alemán Willy Brandt o el papa Pablo VI. El mismo día fue ejecutado, también en el garrote vil, el fugitivo de la Alemania del Este Georg Michael Welzel, conocido como Heinz Ches, de treinta años. La obra teatral La devuelve, de Els Joglars, era una sátira que partía justamente del caso de Heinz Ches.

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La ejecución con garrote vil está minuciosamente (y terriblemente) dramatizada en la película Salvador (Puig Antich), dirigida en 2006 por Manuel Huerga, con Daniel Brühl en el papel de Puig Antich. Por su parte, el libro del periodista Jordi Panyella Salvador Puig Antich, caso abierto, publicado en 2014, documenta las deficiencias del juicio que se celebró contra Puig Antich, y expone las pruebas que fueron falseadas para su condenación. Tal y como explica Panyella, pese a las evidencias que demuestran que el juicio de Puig Antich (como el de tantos otros presos políticos) fue una farsa, el Tribunal Supremo, ya en etapa democrática, se ha negado siempre a reabrir el caso .

Se entiende que les dé miedo revisar el expediente, porque Puig Antich sigue siendo un icono antifascista, fuertemente arraigado en la memoria civil catalana: así lo atestiguan canciones como En Margalida, de Juan Isaac, o Y si canto triste, de Lluís Llach, o poemas como Puig Antich, de Vicent Andrés Estellés (de quien ahora se conmemora el centenario del nacimiento). Su memoria es también un recordatorio incómodo para aquellos luchadores (ehem) que en su momento miraron hacia otro lado, porque Puig Antich no dejaba de ser, también a sus ojos, uno outsider. La derecha actual, radicalizada y (como dicen ellos) desacomplejada, ha perdido también el respeto a Puig Antich ya todo lo que representa. Lo peor que podría pasar sería que le perdiéramos también los demás para que el perfil de Puig Antich no se acabara de ajustar al martirologio que quisiéramos.