¿Por qué el feminismo debe incomodar?
Directora de la Cátedra de Justicia Social y Restaurativa, Facultad Pere Tarrés - URL
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Durante nada menos que diecinueve siglos, la inferioridad de las mujeres respecto a los hombres no se ponía en duda, ya veces nos olvidamos. Sin ir más lejos, a finales del siglo XIX, Gustave Le Bon, sociólogo y físico francés, escribía: “Hay una gran cantidad de mujeres cuyo cerebro presenta un tamaño más parecido al del gorila que al del hombre, que está más desarrollado. estudiado la inteligencia de la mujer, así como los poetas y novelistas, reconocen hoy que está más cercana a la del niño ya la del salvaje que a la del hombre adulto y civilizado" (Revue de Antropología, número 2, 1879).

Así lo defendía Le Bon, todo un científico, y cuando lo escribía, el movimiento feminista ya había nacido. Primero, en Francia, después de la Revolución Francesa, y ya en el siglo XIX, con el movimiento sufragista (defensor del derecho a votar de las mujeres), en EE.UU. y en Inglaterra. Algo más tarde, el movimiento atravesó los mares y, en Nueva Zelanda, en 1893, las mujeres ya podían votar. Le siguieron Australia, en 1902; Finlandia, en 1906; Noruega y Suecia, varios años después; Rusia, en 1917; EE.UU., en 1920, y España, en 1931. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, las mujeres –que habían participado activamente en la sociedad durante el conflicto– ya no querían ser nunca más "esposas sumisas", y la mayoría de los países aceptaron el sufragio universal.

Sin embargo, en nuestro país, una vez finalizada la Guerra Civil española, todos los avances que se habían producido durante la Segunda República fueron anulados por el régimen franquista, que devolvió a la mujer al ámbito doméstico y estableció una nueva situación, en la que hombre y mujer respondían de manera diferente ante la ley, como quedaba especialmente recogido en los códigos civil y penal de la época. Volvían las viejas teorías de la superioridad física e intelectual del hombre, que debía encargarse en exclusiva de los asuntos públicos y proporcionar ingresos a la familia. El permiso marital era necesario para casi todo. Así lo recogía el Código Civil español de 1958, donde se declaraba que la mujer debía obedecer al marido; que el marido siempre era el administrador de los bienes; que la mujer estaba obligada a seguir al marido donde él fijara la residencia, y, además, que él era legalmente el representante de su esposa. También, en cuanto a los hijos, las decisiones correspondían al padre y, hasta 1975, las mujeres no podíamos ni siquiera abrir una cuenta corriente en un banco sin permiso. En lo penal, el adulterio era delito para las mujeres, pero no para los hombres; para que fuera delito para ellos, debía haber amistad.

Esto, que parece muy lejano y que yo misma me asombro de escribirlo, formó parte de nuestra infancia y juventud. Finalmente, con la llegada de la Constitución de 1978, se estableció la igualdad ante la ley de hombres y mujeres, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Ahora bien, esta igualdad teórica sin duda necesitaría un fuerte impulso social para convertirse en una realidad.

¿Y qué ha pasado en todo ese tiempo? Pues que lentamente esta igualdad se ha ido implementando en casi todos los ámbitos, con mayor o menor celeridad y de formas diferentes, pero sin duda con convencimiento. Sin embargo, como en otras muchas cosas, ha pasado algo que al menos a mí me parecía que no pasaría: vuelve a aparecer una sombra sobre el movimiento por la igualdad. Y es que la pérdida del patriarcado de los varones tiene sus consecuencias.

Al parecer, existe un importante retroceso en la defensa del feminismo, especialmente en los jóvenes y más en ellos que en ellas; pero a ciencia cierta que lo que vemos es preocupante. El posible control sobre las mujeres no será, evidentemente, igual que en el siglo pasado, pero inquieta especialmente a la violencia digital: el 80% de las jóvenes españolas entre dieciséis y veinticuatro años han sufrido, según datos del ministerio de Igualdad.

El domingo, 8 de marzo, una persona muy cercana, mi limpia Carlota, hace dieciséis años, y cuando me la miro, cuando hablo, cuando veo su fortaleza y su convencimiento, creo que es imposible que determinadas cosas vuelvan a ocurrir. Pero también creo que esto no es sólo cuestión de las mujeres: hombres y mujeres debemos ser conscientes de los riesgos existentes. Por eso, una y otra vez, repetiría el lema: "Nunca más".

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