A punto de otro 8 de marzo y el feminismo ve y vive un escenario desastroso. El movimiento sufre un retroceso en todo el mundo y, según los resultados de una encuesta publicados en este diario, el 60% de los hombres de España consideran que se les está discriminando por el hecho de ser hombres. Datos como éste ni nos sorprenden ni son ajenos a nuestro entorno. A menudo, en esos mismos artículos que escribo cada semana, hay hombres que se sienten automáticamente ofendidos sólo por haber utilizado un adjetivo en femenino. Aunque el adjetivo me pueda incluir a mí, que soy una mujer, da igual si se habla de la estafa de las balizas o de vivir más de cien años. Son individuos, casi siempre sin revelar su identidad, que no se mueven de la tradición de pensar sólo en sí mismos. Ni de la tradición que a las mujeres puede discriminarse. ¡Pero ay si un genérico no les hace sentir incluidos! (De estar ahí están, pero ellos quieren mantener sus condiciones. Por otra parte, no deben estar en todas partes, tampoco.) Estos hombres tienen mucho miedo a perder lo que ellos suponen que les corresponde desde el nacimiento. Pero los sentimientos de estos hombres también tienen que ver con el egocentrismo y con la voluntad expresa de dañar. Porque viendo cómo está el mundo, no demuestran ni la mínima empatía por unos datos contrastados y por una razón fundamental: reclamar los derechos humanos es agotador. Tenemos otras cosas que hacer en la vida. Pero queremos una vida más justa para todos. Y queremos poner los adjetivos como nos dé la gana.
El feminismo retrocede por culpa de estos hombres, no de muchos otros, que tampoco es que le hagan avanzar pero al menos no van poniendo bastones en las ruedas todo el día, y el feminismo retrocede porque también muchas mujeres ponen freno y obstáculos. Se ha extendido la idea falsa de que la igualdad ya es una realidad y que mira a Ayuso y Orriols, que son mujeres y líderes de sus cosas y hacen y dicen lo que quieren. Ciertamente son mujeres. Pero ser mujer, por desgracia, no te hace feminista de nacimiento. De hecho, te hace machista. Porque la sociedad te educa como tal. Para ser feminista debes rebelarte. Y rebelarse es siempre más difícil que aceptar el orden establecido. La cuarta ola se ha diluido. Pero no somos oleadas. Somos mujeres a las que el último objetivo que se nos ocurre es hacer cabrear a los ofendidos de turno. Tenemos el objetivo que siempre hemos tenido: exigir las mismas oportunidades. Y no sólo no las tenemos, sino que ahora el discurso imperante es que nos hemos pasado de la raya. Increíble. Todo lo que parece imposible, en estos tiempos oscuros se convierte en realidad. Cómo ver uno bully dominando el mundo y amenazando a todo el que no le ríe las gracias ni le envía misiles. Uno bully con otro bully, que se encuentran para empezar una guerra y lo primero que hacen es asesinar a 160 niñas iraníes. Una guerra que, como todas las guerras, aparte de matar a mujeres, también las violará. Pero como en la tele ya se pueden ver los partidos de fútbol femenino parece que no hace falta hacer más por las mujeres. Que lo demás es pasarse de la raya.
No es un buen momento para el mundo. Quienes han tenido miedo a la libertad de las mujeres están tomando la libertad a todo el mundo. Pero la culpa seguirá siendo nuestra. Porque mientras lo que hacemos o lo que decimos para defender nuestros derechos se siga tildando de provocación y no de razón, no avanzaremos nunca. Y si queremos avanzar debemos hacerlo sin hacer ruido. Porque un hombre puede empezar mil guerras pero una mujer debe mantener las formas. La ola que nos traga no es la del feminismo. Es justamente la contraria. Hace tiempo que nos ahoga. ¿Nos queda aire?