Los Pujol: perjuicio demoledor
1. Han pasado catorce años desde la denuncia inicial de Victoria Álvarez. Han pasado doce desde la confesión, por parte de Jordi Pujol, de la herencia del abuelo Florenci y la fortuna oculta en el extranjero. Después de más de una década de investigación policial y de instrucción judicial, después de seis meses de juicio y de doscientos testimonios en la Audiencia Nacional, no se ha aportado ni una sola prueba que demuestre el enriquecimiento por corrupción de Jordi Pujol y los siete hijos acusados por el caso. Ni una. Ahora que ha terminado el juicio, con el expresidente exonerado de la causa por su mala salud de hierro, tenemos que esperar la sentencia para saber si cada uno de los siete hijos y los nueve empresarios son culpables de algo.
2. El perjuicio, sin embargo, ha sido demoledor. Ha arrasado Convergència Democràtica, ha destrozado la imagen de Jordi Pujol (perdió el despacho y la pensión de expresidente, dejó de ser Muy Honorable y ha acabado sin la posibilidad física de defenderse), su hijo Jordi pasó ocho meses en prisión preventiva, la carrera política de su hijo Oriol ha quedado truncada y se ha fulminado un potente banco andorrano. Por el camino, más grave aún, ha muerto Marta Ferrusola después de haber perdido la memoria, ha muerto Carles Vilarrubí sin haber podido probar su inocencia e, incluso, nos ha dejado el añorado Manel Cuyàs. El biógrafo de las memorias de Jordi Pujol se fue de este mundo con el regusto, muy agrio, de haber explicado una vida donde faltaba un capítulo fundamental, el de la herencia del abuelo Florenci y toda la millonada no regularizada en el extranjero. En la Diada de 2014 vi gente de Sant Gervasi, disgustadísima con Pujol, que le devolvía el primer volumen de las Memorias a su casa, en el portal de General Mitre. La sensación generalizada en Cataluña, amplificada por los medios y por el resto de partidos, era de estafa y de traición. En este tiempo he visto cómo en pabellones deportivos inaugurados por Jordi Pujol han tapado su nombre con un spray justiciero. En otras localidades han optado por retirar la placa conmemorativa. Aunque el presidente Illa lo restituyera públicamente y lo invitara a Palau, la mancha pública no se ha limpiado del todo. En España, “el clan de los Pujol” ha sido –y es, todavía– el paradigma de la corrupción al por mayor.
3. He seguido el juicio por YouTube tanto como he podido. Primera sorpresa: nadie ha llamado a declarar a Victoria Álvarez, la amante adiestrada que lo destapó todo hablando del dinero en bolsas hacia Andorra. Que las acusaciones no hayan utilizado el triunfo de este testigo a sueldo de la policía patriótica huele a chamusquina. Segunda alerta: el día que el jefe de la investigación de la UDEF, Álvaro Ibáñez, declaró que sentía “animadversión personal” hacia Jordi Pujol los abogados de las defensas lo celebraron con cava. O con Corpinnat. Esta tirria confesada comporta que los tres magistrados de la Audiencia tomen con pinzas las investigaciones policiales del caso. Tercer factor relevante: los empresarios acusados de las marramieces con Jordi Pujol Ferrusola aseguraron que habían conseguido más contratos públicos durante el tripartito de izquierdas que con CiU en el poder. El dato, relevante, quedó sin demostrar.
4. Mientras tanto, ¿qué han hecho bien los hermanos Pujol Ferrusola en todo este tiempo? No dejarse ver nunca juntos. Entraban y salían por separado de la Audiencia. Una vez dentro, no se sentaban de lado. Ocupaban varias sillas de las tres primeras filas de los acusados y dejaban otras vacías, para evitar la foto que la prensa necesitaba publicar: la del clan, la del crimen organizado, la prueba de la asociación ilícita en una sola imagen. ¿Y si no eran un clan? ¿Y si eran una familia? Con aristas, con contradicciones, con cuernos, con mucho dinero, con algún trapo sucio y, quizás una oveja negra, pero una familia al fin y al cabo.