¿Dónde queda la Barcelona imaginada?

Cuando Barcelona preparó los Juegos Olímpicos de 1992 no construyó una ciudad. Construyó varias. Hay una que todos conocemos. Hay otra que casi hemos olvidado. Dos operaciones urbanas extraordinarias. Dos destinos radicalmente diferentes. Y, paradójicamente, dos historias que nos hablan del mismo fracaso.Hace unos días, en una visita organizada por la Agrupación de Arquitectos para la Defensa y la Intervención en el Patrimonio Arquitectónico (AADIPA), recorrimos de nuevo el área olímpica de la Vall d’Hebron. Más que visitar unos edificios, redescubrimos una idea de ciudad extraordinariamente moderna que, treinta y cuatro años después, parece haber sido abandonada por aquellos que debían continuar haciéndola crecer. El urbanismo de Eduard Bru no era un proyecto acabado. Era una estructura abierta, capaz de evolucionar con el tiempo, que quería reconectar Barcelona con Collserola. Paseos elevados que se transformaban en balcones sobre la ciudad, pérgolas que generaban sombra y espacio público, plataformas que cosían los equipamientos deportivos y un paisaje pensado para que el verde y el agua acabaran de darle sentido. Era un urbanismo que confiaba en el futuro. Pero aquel futuro no llegó nunca.No se completaron los usos. No se consolidaron los espacios. No se mantuvo el conjunto. Y aquello que debía convertirse en una de las grandes puertas de Barcelona hacia Collserola ha acabado deviniendo, demasiado a menudo, un paisaje inhóspito, donde el vandalismo ha sustituido la vida y donde el abandono ha ido borrando, lentamente, el proyecto original. Y, sin embargo, la arquitectura sigue emocionando.El Palau Olímpic de la Vall d’Hebron, obra de Jordi Garcés i Enric Sòria, continúa sorprendiendo más de tres décadas después. Exteriormente, es un gran volumen de ladrillo, casi un fortín, de una rotundidad que parece inmune al paso del tiempo. Cuesta imaginar que detrás de aquella aparente simplicidad se esconden dos pabellones deportivos. Pero es precisamente en el interior donde la arquitectura despliega toda su sensibilidad. El largo pasillo de acceso, entre las pistas de pelota, culmina en una gran vidriera que encuadra las tres chimeneas de Sant Adrià y convierte aquel final de recorrido en un auténtico balcón sobre Barcelona. Al otro extremo, el pabellón de balonmano es un inmenso cubo de aire donde una cubierta reticular deja entrar la luz con una delicadeza inesperada, que parece detener el tiempo y hace que la cubierta levite encima de los muros de ladrillo. Una arquitectura austera y silenciosa que continúa emocionando porque su calidad no depende de las modas.

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Pero es en las instalaciones de tiro con arco de Enric Miralles y Carme Pinós donde el relato se vuelve más conmovedor. Una parte de la obra se ha desmontado y las piezas reposan apiladas al lado de la calle, como si formasen parte de los residuos pétreos de un vertedero cualquiera. Cuesta imaginar una metáfora más dolorosa del trato que dispensamos a nuestro patrimonio contemporáneo. La otra parte aún resiste. Sin uso, vandalizada y deteriorándose lentamente, pero con una fuerza arquitectónica que continúa intacta y que permite imaginar una recuperación respetuosa para que vuelva a dar servicio a los equipamientos deportivos que la rodean.Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la Villa Olímpica del Poblenou ha recorrido el camino inverso. La proximidad al centro, la consolidación urbana y el impulso del 22@ la han integrado plenamente en Barcelona. Pero hoy afronta otra amenaza: la de un mercado inmobiliario que empieza a pasarle por encima. Edificios emblemáticos se abandonan y se subastan; otros se venden a fondos buitre que los vacían de alma, alteran los usos y transforman la imagen icónica de una arquitectura concebida como un conjunto coherente. No es el abandono de la Vall d'Hebron. Es otra forma de olvido: la incapacidad de reconocer el valor patrimonial de una arquitectura contemporánea antes de que el mercado la acabe desfigurando.Son dos realidades opuestas, pero comparten una misma causa. Todavía pensamos que el patrimonio necesita envejecer para ser reconocido. Y este es el error. El tiempo es solo uno de los valores que pueden convertir una obra en patrimonio. También lo son la calidad arquitectónica y la capacidad de transformar la ciudad, de influir en la disciplina, de construir memoria colectiva y de explicar una manera de entender el mundo. Los Juegos Olímpicos no solo dejaron edificios: dejaron una manera de entender la ciudad. Y lo que hoy corremos el riesgo de perder no es solo una arquitectura, sino también la cultura urbana que la hizo posible.Todavía estamos a tiempo. Todavía estamos a tiempo de recuperar los recorridos del Vall d’Hebron, de hacer volver el agua, de replantar el verde, de rehabilitar los pabellones y de revelar de nuevo aquella ciudad que la dejadez ha ido ocultando, casi como las antiguas ciudades engullidas por la selva. Pero, sobre todo, todavía estamos a tiempo de que alguien se la vuelva a mirar, la reconozca, la conozca y la vuelva a amar. Porque solo lo que una sociedad ama es capaz de conservarlo. El patrimonio contemporáneo no desaparece porque sea viejo. Desaparece porque aún no hemos entendido que ya es patrimonio.