Se pisa la nieve. Se pisa la playa. Se pisa el asfalto. Se pisa el Pirineo, la Costa Brava, Dorada, Domesticada, Gasificada… Pero no se pisa el rastrojo. Los campos pelados. Los campos que son las cabezas de cuando éramos pequeños y nos pelaban a la 1. La caña del cereal de pie. Chupamos el cóctel de sol y tierra. El olor del rastrojo. Vainilla fresca, tierna. Y delante aquella cabellera oro princesa de cuento infantil. Aquella planada de patatas rubias. Y el hombre baja de la cosechadora con un ñam-ñam en los ojos. Mirando el sueño de futuro: pan, macarrones, arroz, palomitas… Comida para los demás, comida para ti, para nosotros.
El campo de rastrojos es el sudor plantado en la tierra de unos para que puedan cosechar otros. La vida es triste para unos para hacer alegre la de los otros. Las tiges se quedan, el trigo se va. Hay que separar el grano de la paja. Pero todo lo llevamos dentro. Hace tiempo de esto. Y ahora ya hemos cosechado.
Los nietos, los hijos, de aquellos payeses de los rastrojos se hicieron profesores, mossos, comerciales, abogados… Lo que sea. Estudiaron. Niño, estudia; niña, estudia. El tractor social era eso. El progreso, los posibles, el supuesto mejor futuro. Que vivan mejor que nosotros. ¿Lo han hecho? ¿Lo hacen?
Si hay incendios es porque no hay payeses. Si hay incendios es porque no queremos ver a los payeses. Si hay incendios es porque ni se ven, ni se quieren ver, los rastrojos. Si hay incendios es porque queremos que los haya. Si hay incendios es porque se quema el padre. No son pocos los nietos e hijos de payeses que están matando al padre, al payés, a la payesía, en la parrilla de la burocracia, en la barbacoa del analfabetismo legalizado, en la hoguera de los estereotipos ideológicos en manos de pirómanos de minorías. Hemos pasado del campo abierto del sol de los rastrojos a las sombras de los búnkeres del aire acondicionado. Hemos pasado del saber milenario del payés al no saber de una ley, una legislación, un papel, una idea hija de las pajillas mentales de personas que han dejado de aprender lo que aprendieron y aspiran a no saber nada de nada. Sí, hemos pasado de no querer ver cómo aquellos payeses también sufrían golpes de sol, de calor, insolaciones… a querer legislar el sol, los astros, la naturaleza, los campos, los cultivos, los prejuicios, la estupidez institucionalizada. Eso es lo que lo enciende todo.
Desde su despacho campanario-minarete-atalaya, los profetas ideales-no-reales hacen sus prédicas, proclamas, sermones. Riñen como curas reaccionarios enronquecidos aleccionando a los que no son lo que no son ellos y han dejado de ser. Gritan como urracas subvencionadas estranguladas qué deben hacer y cómo deben vivir los que viven en el territorio-crematorio-mortuorio.
Tantos estudios para acabar siendo charlatanes, chamanes, maestros sanadores, comerciales de jarabes milagrosos. Tantos estudios para ser profesionales de un fosforescente rojo fuego y para obligar a repetir a los campesinos la importancia de los campesinos, el bosque, el sotobosque, el ultrabosque, la gestión forestal, animal, mineral, sideral… Los productos de km 0, el pistacho binario hecho con criterios sostenibles pactados con el Sol, la Luna, la ciruela, los sindicatos y las asociaciones por los derechos de los pistachos. Pero no pasa nada, todo se arreglará. Pronto no quedará ni un campesino. Ni rastrojos. Ni nada. Y de pisar, ya no se podrá pisar nada.