Si te quieres a los Estados Unidos, avergüénzate de ello

Mi padre sentía predilección por la expresión castellana "en los pequeños detalles se ve la persona". En la cumbre de los líderes del G-7 en Francia, dos instantes mostraron a dos personas bajo dos luces bien diferentes.

La primera es –¿quién si no?– Donald Trump, el hombre más poderoso del mundo y, posiblemente, el más pequeño. Conversando con una periodista, el presidente de los Estados Unidos afirmó sobre la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, con quien antes tenía buena relación: "Me suplicó que le hiciera una foto con él. Quería una foto conmigo desesperadamente". Y añadió: "No lo habría hecho, ¡pero me dio pena!"

Cargando
No hay anuncios

La respuesta de Meloni no se hizo esperar. La declaración de Trump, dijo, era "totalmente inventada". Y afirmaba, en un vídeo publicado en las redes sociales: "No sé por qué el presidente de los EE. UU. se comporta así con sus propios aliados. Es preocupante que no tenga la misma firmeza hacia los enemigos de Occidente, hacia los enemigos de los EE. UU., líderes con los que se muestra mucho más indulgente".

"Hay una cosa que debería recordar –concluía–. Yo no suplico nunca, y tampoco lo hace Italia".

Cargando
No hay anuncios

Este episodio relativamente trivial, aunque revelador, contiene una lección que los estadounidenses haríamos bien en aprender en nuestro 250 aniversario: si quieres a los Estados Unidos, ahora es el momento de avergonzarte de ellos.

La vergüenza ajena no es simplemente un reflejo físico derivado de la incomodidad o el asco. También implica una mezcla de compasión y empatía. Sentimos incomodidad cuando un niño se equivoca en la obra de teatro de la escuela. Nos compadecemos de alguien que intenta calmar a su pareja ebria en una cena. Del mismo modo, nos incomodamos cada vez que alguien humilla a quien tiene cerca, aunque los humillados no se enteren.

Cargando
No hay anuncios

Ser un estadounidense lúcido en la era de Trump es vivir moral, estética, intelectual y políticamente en la vergüenza ajena. Si la administración fuera una obra de teatro o un guion cinematográfico, no sería ni una farsa ni una tragedia, sino una especie de parodia absurda: Esperando a Godot cruzado con Pulp Fiction y Dos tontos muy tontos.

Por mucho que lo menospreciemos, el presidente nos tiene enganchados, como cara y voz de un país que debería saber hacerlo mejor. ¿El rostro furioso de Trump colgado entre las columnas exteriores del departamento de Justicia? Somos nosotros. ¿Su decoración dorada y burda de la Casa Blanca? Somos nosotros. ¿Su admiración repetidamente confesada por Vladímir Putin? Somos nosotros. ¿Su afirmación ridícula de haber conseguido un cambio de régimen en Teherán? Somos nosotros. ¿Sus amenazas de estilo mafioso contra los aliados de la OTAN? Somos nosotros. ¿Su esfuerzo indescriptiblemente vanidoso (y patéticamente infructuoso) para poner su nombre en el Kennedy Center? Somos nosotros. ¿Su familia sacando provecho de su presidencia de maneras tan transparentes como de mal gusto? Somos nosotros.

Cargando
No hay anuncios

Lo mismo vale para su insulto a Meloni, que quizás no sea el peor de sus pecados, pero sí el más emblemático porque es a la vez innecesario y absurdamente autodestructivo. También somos nosotros. El mismo país que liberó esclavos, acogió inmigrantes, inventó los aviones, liberó campos de concentración, llevó hombres a la Luna y desafió a la Unión Soviética hasta derribar el Muro es hoy la imagen de un hombre elegantemente vestido que se mancha los pantalones en una fiesta.

Durante diez años he visto al Partido Republicano –mi antiguo partido político– esforzarse al máximo por no sentir vergüenza, por fingir que el Vesubio de infamias verbales que erupciona diariamente en la boca de Trump es irrelevante, hilarante, o bien calculado y astuto. Los republicanos convirtieron su tolerancia hacia la confusión mental del presidente en una especie de concurso de bebida: cuanto más bebías, más "hombre" se suponía que eras. John McCain y Mitt Romney se negaron a jugar, y eso les honra; otros republicanos, menos admirablemente, lo hicieron solo después de que Trump hubiera acabado con su futuro político.

Cargando
No hay anuncios

Pero durante diez años, también he visto cómo los opositores al presidente no valoraban la necesidad de sentir vergüenza desde la conciencia de su papel en el ascenso de Trump. Los demócratas y sus facilitadores mediáticos, que hasta junio de 2024 insistieron en que Joe Biden estaba en condiciones para un segundo mandato (a pesar de saber, en algún rincón oscuro de su mente, que eso solo podía beneficiar a Trump), son cómplices.

Este es el reto de los norteamericanos: no tengamos miedo de sentir vergüenza. Ronald Reagan predijo, acertadamente, que la Unión Soviética acabaría en el vertedero de la historia. Ahora nos toca a nosotros arriesgarnos a acabar en el vertedero de la idiotez.

Cargando
No hay anuncios

Así que dejemos de mirar hacia otro lado y asumamos el rol que hemos jugado a la hora de llevar a los Estados Unidos hasta donde están hoy. Recordemos quiénes fuimos, porque es lo que quizás todavía podemos volver a ser. Si somos capaces de asumir el bochorno actual de nuestra vergüenza.

Copyright The New York Times